Podría haberse considerado una exageración decir que ver el rostro de aqul tipo tras 16 años fue como si le rompieran a Jack un jarrón de agua helada en la cabeza, si no fuera extremadamente cierto. Consiguió ocultar toda esa maraña de emociones negativas sin embargo tras una cauta y triste sonrisa, poniéndose en pie, mostrando modales, para recibir al entrante invitado. La reacción de Rose fue incluso parecida, aunque Jack dudaba que fuese con aquellas extrañas vibras que él sentía. William Winter. Qué curioso. Los tres, tras 16 años, reunidos de nuevo, como una señal del destino -Por el amor de Dios... ¡Rose, mi buena Rose!- sonrió flamante William, con voz grave, atrayente, enigmática y seductora. A diferencia de gente como Jim Black, él no lo provocaba, no lo fingía, era natural, inherente en él. En un simple primer vistazo ya se apreciaba que era el típico tipo perfecto que jamás en su vida se acercaría al Set por miedo a pillar sabía Dios qué infección. Jack lo examinaba con detenimiento. No se equivocaba en absolutamente nada en cuanto a su primera impresión: era perfecto, o eso aparentaba al menos. No le extrañó lo más mínimo que Harold lo tratase con tanta alegría y devoción ¡Cualquiera lo haría, diablos! Su perfecto traje oscuro, perfectamente planchado y vestido. No había arruga alguna en sus prendas. Su camisa azul oscuro con la corbata a juego con el traje. Además, tal y como Harold, llevaba unos gemelos de oro que relucían en cada pequeño movimiento de muñeca que hiciera. William se acercó a Rose con aquella deslumbrante sonrisa y la tomó de los hombros con afecto, antes de plantarle dos gráciles y dulces besos en la mejilla. La chica se quedó congelada, casi igual que la madre de la muchacha. Jack no entendió del todo aquel gesto, hasta que el propio Will, abriéndose de brazos, retrocedió un paso para contemplar por completo a Rose -Mírate, estás tan bella ¡Cómo hemos crecido! Y pensar que eramos tan jóvenes la última vez que nos vimos...- reflexionó con calidez. Entonces se percató de su acción y de la expresión congelada de Rose -¡Oh, lo siento!- rió encantador -Muchos años viviendo en diversos paises europeos hacen que uno obtenga las costumbres de allí. España, Italia, Francia... Ah, son muy dados a besar al otro lado del oceano- concluyó, ajustándose los gemelos en un gesto de elegancia
-Seguro que sí- terció Harold con amabilidad -¡Y en mi opinión, grandes costumbres la de esos europeos! Quizá si en este país fuesemos más cálidos, más entregados y dados a mostrar amor, no habríamos sufrido lo que hemos sufrido- ante aquellas palabras, Rose se limitó a mirar a su padre con un completísimo estupor ¿De verdad Harold Miller, que cada vez se alejaba más de su familia, estaba hablando sobre brindar más amor y afecto? De verdad parecía haberse vuelto loco ¡No! ¡Debía ser por la presencia de William! Era fácil comprenderlo todo desde el mismo instante en que el muchacho entró por la puerta.
-Que me lleven los demonios- dijo entonces sorprendido William -¿Tú eres Jack? ¿Jack Kane?- sonrió de nuevo, de la misma forma que al ver a Rose. Jack asintió con cordialidad y veloz, William fue a estrecharle la mano con efusividad -¡Vaya! Esto sí que no lo esperaba. Señor Miller, de verdad que usted ha logrado sorprenderme con esta invitación. No sólo Rose, sino Jack ¡El viejo Jack!- "El viejo Jack", maldito sea. Tenía su misma edad, pero no lo aparentaba. William tenía la piel curtida por el sol, pero no por trabajar, sino por las vacaciones y viajes de negocios. Era evidente que se cuidaba y mucho. Su presencia dura y varonil contrastaba con un aspecto rejuvenecido en contraposición a Jack, que presentaba alguna arruga de más en la frente y plateadas sombras de pequeñas cicatrices por el trabajo, la interperie y algún que otro lío del que no le hablaría jamás a la familia Miller. Siempre fue así, sin embargo. Desde pequeños William consideraba a Jack más viejo por su aspecto más desarrapado en comparación a él. Los Winter siempre fueron de alta alcurnia y en concreto William tenía un carácter jovial y cercano, como bien estaba mostrando, mientras que Jack era más reservado y reflexivo. Por ello se ganó el apelativo de "viejo" por parte de William, que lo consideraba más parecido a su padre, Jacob Winter, que a sí mismo, que tenía su misma edad.
-¿Podemos tomar asiento?- preguntó entonces Diana, odiando interrumpir tan alegre reencuentro -La comida se va a enfriar y nada odiaría más que la cena se echara a perder- declaró. Por supuesto, todos tomaron su respectivo asiento. William se sentó frente a Rose, aunque solía mirar más a Jack que a la chica en esos instantes. Rose era la evidente muestra del buen hacer de Harold en cuanto a los negocios. Jack sin embargo seguía siendo el mismo despojo. William nunca lo terminó de considerar una compañía del todo agradable y no eran pocas las veces que se lo hacía saber, de ahí la animadversión de Jack hacia él. El hijo de Holly Kane, conocida más por Darrow al desechar por completo su apellido de casada, era demasiado educado y contaba con un alma cándida que le impidió destrozarle la cara en pedazos a William cuando tenían 14 años. También lo hacía por Rose, que desde que conoció al heredero del apellido Winter debido a los crecientes negocios allá entonces del señor Miller, siempre hablaba de él y se divertía con el chico. Jack simplemente recibía los insultos y las insidiosas palabras elegantes y educadamente hirientes de William, quien solía hacer preguntas que trataban de hurgar en heridas o en declarar su alta posición respecto al muchacho. Quiso pensar, en esos momentos al menos para mantener la paz, que William debía haber madurado lo suficiente para dejar atrás ese espectro malsano de creerse superior. Pero las constantes miradas del recien llegado le hacía sentir que no sólo no había madurado, sino que ahora era peor
-De verdad, sigo estando sorprendido de verte, Jack- dijo William antes de llevarse un pedazo de carne a la boca, exquisitamente cortado, recién servido por la señora Miller
-Yo también- añadió Jack
-Qué escueto- rió Winter -¿Es lo único que tienes que decirle a un viejo amigo de la infancia? Ni siquiera me has dicho que estoy más gordo- Gordo. Gordo estaba Jimmy. William podría posar, a juzgar por las formas que adivinaban el traje, para una revista de bomberos y aún así dejarlos a todos vergüenza. Era una suerte de Bruce Wayne y él lo sabía. Jack se preguntó en su reflexión interna si William sabría quién era Bruce Wayne.
-Nunca he sido muy de juzgar a las personas, ya sabes- el tono se le escapó. No alzó la voz, pero se notó la sorna. Harold al menos lo percibió, que bajó la mirada algo tenso hacia su plato
-No pido que me juzgues, compañero. Tan sólo que mostremos algo más de calidez- rió William, que parecía no haberse percatado de la aguja lanzada por Jack -Ha sido veros a los dos y de pronto, me ha azotado la nostalgia como nunca- declaró brillante como un sol -Me acuerdo ¡Es increible! Me acuerdo de tantas cosas que hacíamos...-
-Eso es algo fantástico- se insmicuyó Harold -De verdad, lo es- agregó rotundidad mirando a los tres viejos conocidos -Cuando lleguéis a mi edad, valoraréis mucho el poder recordar con claridad los buenos momentos. Sobre todo en la infancia- sonrió -Hoy en día me conformo con recordar a mi querida Rose. A veces la miro y creo verla aún en pañales- Rose, ruborizada, exclamó el nombre de su padre con clara vergüenza. Jack y William reían mientras Diana miraba a su hija con dulce añoranza
-Me encantan las cenas nostálgicas- añadió William -¿Te acuerdas, Rose, de cuando solíamos pasear por el parque Bright y jugábamos al pilla-pilla?- Rose se llevó una mano a la frente, recordando. Ella era tan pequeña en comparación a ambos chicos... -Eras tan, tan dulce. Me encantaba tu compañía aunque fueras más pequeña. Siempre te consideré más madura de la edad que tenías- Rose alegó que quizá podría haberse tratado de que tuvo que aprender a lidiar con matones desde bien pequeñilla y eso le hizo apreciar la compañia de gente con dos dedos de frente -Oh, cierto. Los abusones. Los niños pueden ser tan crueles... incluso hoy en día-
-Y que lo digas ¿Te puedes creer que hace una semana me encontré con el coche lleno de huevos estrellados?- terció Harold
-Inadmisible- concluyó William negando con la cabeza
-Mi niña siempre ha llamado mucho la atención. En un principio era tan tímida y poca cosa que resultaba presa fácil. Fue así como conociste a Jack ¿Me equivoco?- la chica asintió
-Fascinante. No recuerdo esa historia- sonrió William
-Bueno...- Jack alzó la mirada tratando de recordar -Si no me equivoco Lawrence y Louise estaban molestando aquel día a Rose. Decían que tenía un bolsito muy bonito. Los muy capu...- se calló
-¿Sí?- dijo William, moviendo una mano -Prosigue por favor. No te cortes por llamarlos... ¿Capullos?- miró a Diana y a Harold al decir aquello
-Capullos... sí. Siento decirlo así, es lo que eran- Jack miró a Rose -Creían que llevaba dinero y a juzgar por el bolsito, consideraron que era bastante. Y si no llevaban dinero podrían llevar el bolso a la tienda de empeños, o a saber- suspiró
-Esos dos siempre fueron problemáticos- suspiró Diana -¿Eran hermanos, no?- Jack asintió -Recuerdo a su madre, la señora Summers...- negó la mujer con la cabeza -Qué disgusto...-
-¿Disgusto?- William cruzó los dedos de las manos -¿Qué pasó?- Diana miró a Jack
-A ver, no quiero sonar descortés ni desagradecida...- Rose llamó a su madre con una mirada de advertencia -De verdad que no, cariño. Perdóname, Jack, de verdad, pero siempre he considerado que fuiste demasiado duro con ellos-
-No tiene de qué disculparse, señora Miller. Hoy soy adulto y soy consciente de que la violencia no lleva a ninguna parte, ni resuelve problemas- Rose miró de reojo a Jack, recordando el cómo le estampó la cara a aquel borracho contra la mesa para que la dejaran en paz
-Unas muy sabias palabras, muchacho- terció Harold, con menos entusiasmo que cuando hablaba con William
-Es muy afortunada esa forma de pensar. De hecho te habría salvado de más de un problema en aquel entonces haber recapacitado antes- señaló William -Siempre fuiste irascible-
-Sí, de mecha corta- rió Jack
-Quizá demasiada- añadió Harold -Al punto de que te descuidabas, chico- Rose volvió a llamar la atención a su padre -No estoy diciendo nada, Rose. Sólo la verdad. Hablamos del pasado. No hablo del presente-
-Está bien, Rose- Jack sonrió a la chica para tranquilizarla, aunque era más que evidente para la joven que Jack no se sentía a gusto y ella no quería, en lo más mínimo, hacerle sentir que había sido invitado para simplemente atacarle
-Por supuesto ¿Ves? Jack sabe distinguir, él conoce las diferencias del antes y el ahora- hizo aspavientos con la mano, señalando a Jack -Aún así, el pasado siempre te persigue muchacho. No lo olvides. Tenlo en cuenta y harás grandes cosas si lo solucionas-
-¿Disculpe?- Jack enarcó las cejas
-Oh- Harold se limpió los labios con la servilleta -Quiero decir que, bueno, es evidente que las cosas no parecen haberte ido demasiado bien-
-Pero dudo que mi "pasado" tenga algo que ver. Las cosas no van bien porque no han ido nunca bien- se encogió Jack de hombros, aguantando la tormenta
-Te equivocas hijo, el carácter forja el futuro de un hombre- Harold y William se miraron y se sonrieron -¿Me equivoco, amigo mío?-
-En absoluto. Una férrea disciplina cincela el camino de baldosas amarillas hacia un futuro prometedor, que es cuanto a un hombre le queda. Algunos doctores en psicología creen que el carácter empieza a formarse incluso en el vientre materno-
-Creo que me he perdido- al decir aquello, Harold esbozó una sonrisa sarcástica, como complacido porque Jack no entendiese del todo la conversación, sintiéndose superior -¿Es posible que estéis insinuando algo sobre mí?-
-¡Por todos los cielos, no, chico!- alargó una mano hacia Jack -Por favor discúlpame si te ha dado la sensación. Sólo hablo, como digo, de que la negra sombra de lo que fuimos siempre viene para perseguirnos-
-La cosa es, señor Miller, que no hay ninguna negra sombra que me persigue. No cometí un crimen, no he robado ni... matado a nadie- dijo la palabra matar con respeto -Si el pasado al que se refiere es haberle dado una lección a unos cuantos desalmados que se metían con su hija, si cree que eso me ha echado a perder...-
-No me malinterpretes, por favor. No me refiero a...-
-No me arrepiento de lo que hice. Y si volviera a tener 14 años volvería a hacerlo. Mereció la pena ayudar a Rose, aunque me haya ganado fama de matón- en ese instante se forjó un tenso silencio. Las pesadas agujas del reloj en la pared era lo único que sonaba en la casa
-Siento... mucho haberte ofendido- dijo Harold por fin
-No... no me ofende- sonrió Jack -Sólo pretendía dejarlo claro- el muchacho miró a William, que ya le observaba con sus penetrantes ojos azules y una sonrisa misteriosa -Quería- recalcó -que quedara bien claro. Siempre fui el amigo de Rose y lo seguiré siendo, si ella quiere, y si me necesita- se llevó el tenedor a la boca y masticó con paciencia un nuevo trocito de carne.
Mientras la cena se llevaba a cabo, no demasiado lejos de la casa de los Miller, dos muchachas lloraban arrinconadas en una habitación oscura, fría y húmeda. Las paredes ni siquiera eran de ladrillo, ni de papel, ni madera. Era pura piedra. Se sentían atrapadas en una cueva. El hedor era terrorífico, pues era pura podredumbre. Entre llanto y llanto a veces trataban de vomitar para soportar mejor el asco debido a las constantes nauseas que tenían en el estómago, pero era inútil. Las chicas no se conocían de nada, pero era el único apoyo que tenía cada una, la compañía de la otra. Habían perdido ya la cuenta de cuanto tiempo llevaban encerradas donde sea que estuvieran, hasta que por fin tuvieron el menor resquicio de esperanza cuando creyeron oir unos pasos -¡Socorro!- gritó Ann, una de las chicas desaparecidas -¡Alguien! ¡Ayuda! ¡Por favooooor!- sollozó, pero no obtuvo respuesta. Sólo los pasos, pasos que no parecían cesar nunca. Entonces sonaron llaves y el quejido de una enormísima puerta de acero abriéndose. Las chicas se abrazaron, temblando. El maquillaje de los ojos les recorría todo el rostro debido a la pena y el terror. Al cabo de un momento, un sonido de mechero encendió un viejo farol de mano, muy, muy antiguo. Iluminó a ambas y al lugar en el que se encontraban. Era realmente una cueva y aquellas piedras y palos en las que se creían sentadas les encogió el corazón. Huesos. Montones de huesos. Gritaron hasta quedarse sin aire. La figura envuelta en sombras que sostenía el farol estaba acompañada por otra que observaba atento, en silencio. Su silueta apenas se veía recortada en la penumbra
-Quiero a la pelirroja- musitó -La morena no nos sirve. Ya está manchada por la semilla del hombre y la hace inútil, frágil, vulnerable...- la voz mascullaba carrasposa, anciana
-Así será, Pontífice- dijo la grave voz de quien portaba el farol. Lo dejó en el suelo para mantener la luz y se acercó a las muchachas. Ambas gritaban, lloraban, forcejearon cuando él las alcanzó. Primero tomó a la chica de piel morena y cabellos oscuros del rostro, como si quisiera mirarla a los ojos -Oida sea su llamada- rezó, antes de estrellarle el craneo contra la picuda pared de roca de aquella zona cavernosa repetidas veces. Tantas fueron en pocos movimientos que se oyó el crujido del hueso y la posterior masa gelatinosa del cerebro haciéndose un mejunje sanguinoliento que teñía la piedra y manaba como una pequeña cascada hasta el suelo, donde cayó fulminado el cadáver. La pelirroja lloraba y gritaba en un enorme ataque de nervios. El enorme hombre que había asesinado a su compañera de cautiverio la tomó entonces de la misma forma, obligándole a abrir la boca. Le vertió en la lengua un polvillo desconocido que no olía a nada ni sabía a nada, pero que en cuestión de segundos le adormeció la lengua por completo y la garganta. No podía gritar. En pocos instantes se sintió desvanecer, a merced de quienes quiera que fueran sus captores. Se marcharon con ella, en brazos del hombre fuerte y alto, mientras que el cuerpo de la otra chica, Gina Partolw, yacía entre un montón de huesos a los que pronto se uniría.
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