jueves, 4 de enero de 2018

El agua caliente se desparramaba por la piel a toda velocidad. El vapor se alzaba por encima de las cortinas de la ducha, llenando el techo de una capa de agua que poco a poco, destrozaría la pintura blanca del mismo. Pero no querían parar. Las caricias, los besos, los chasquidos, los abrazos y el contacto mutuo eran demasiado placenteros como para permitirse un solo segundo sin sentirlo. La sensación era tan efímera... Que temió por se desvaneciese tan pronto. La chica pidió entre susurro que fuese a más, y aquel hombre alto y ancho la complació. Apenas supuso un esfuerzo para él alzarla y atraparla contra la fría losa de la pared para comenzar a penetrarla como ella deseaba. Una explosión de sensaciones bajo su ombligo se desataron. Casi no podía dejar de gemir, gritar y expresar cuanto le gustaba aquella sensación y cuanto le quería a él. El momento hubiese sido perfecto si hubiese podido abrir los ojos durante algunos minutos. El agua de la ducha le impedía ver con claridad, le incomodaba el peso de las gotas de agua sobre las pestañas y el escozor de unos ojos resecos que ansiaban ver. Quería verle. Quería besarle. Se agarró a su cuello con fuerza y se apegó a él. Juraría que pudo llegar a oler su aroma, incluso dentro de aquella bañera. Sus manos duras la alzaba de los muslos con una dureza que empezaba a hacer estragos voluntad de que todo fuese despacio y se alargase. Sintió que explotaba. Sintió que se liberaba, que era ella misma. -¡Rose Miller!- la llamó una voz femenina y madura desde el otro lado de la ducha, que hizo que ambos se separasen como si se hiciesen daño el uno al otro. Los habían pillado.

-¡Rose Miller! ¡¿No te da vergüenza seguir dormida a estas horas?! Estoy segura de que el resto de chicas de tu edad están haciendo algo más prometedor y productivo con su día que tú- gruñó Diana, actualmente conocida en Dawnside Hill como la ''Señora Miller''. Rose se frotó los ojos y frunció el ceño.
-¿Que hora es...?- casi no podía hablar. Le dolía la cabeza. El simple hecho de erguirse fue una ardua tarea.
-¡Las doce! ¡Es mediodía!- contestó, abriendo las cortinas de color beige y flores rosas de par en par. La luz del sol entró en la habitación al instante, iluminándola, destapando lo que era un desastre de desorden. -Vístete ahora mismo. ¡Qué vergüenza!-
-Oh, joder...- gruñó la chica.
-¡Esa lengua!-
-Anoche trasnoché demasiado. No conseguía terminar el artículo sobre la dieta preferida de las mujeres de Dawnside Hill. Me parecía tan... machista.- Al decir aquello, Diana lanzó sobre su hija una mirada acusativa, y luego, tomó el papel que había sobre la mesa en la que Rose solía trabajar. Lo leyó con prisa, con cierto ojo crítico.
-No está terminado-
-Claro que no. Te he dicho que no lo consigo-
-¡Oh Dios mío! Te van a echar del periódico. Lo sabía ¡Tu padre y yo lo sabíamos!-
-Relájate mamá. La fecha tope para entregarlo es esta tarde. Hasta esta madrugada no se añadirá al número de mañana por la mañana.-
-¡Esta tarde es dentro de...! ¿Cuanto? ¡¿Seis horas?!-
-Mamá, por favor...- bufó, arrojándose de nuevo contra las sábanas.
-Más te vale terminar ese artículo, Rose. Sería una vergüenza que no estuviese a tiempo. O aun peor, que fuese un auténtico disparate firmado bajo tu nombre y el apellido de nuestra familia.
-¿Has terminado?-
-No. Abajo tienes el desayuno. Hoy solo fruta. No te conviene engordar- Rose terminó por llevarse las manos a la cara. Estaba exasperada, a pesar de que ya era costumbre aquellas rabietas maternales en su madre, quien solía ser muy estricta con respecto a la imagen y el apellido familiar. Así era. Harold Miller se había labrado un buen nombre en la ciudad en los últimos dieciséis años. Lo suficiente como para que todo el mundo le conociese, los ingresos fuesen más que suficientes y Diana viviese preocupada constantemente en que todo eso cambiase un ápice.

A Rose le daba igual. No se quejaba de la enorme casa en la que vivía, la cantidad de pertenencias que tenía ni mucho menos de las oportunidades laborales que su apellido le brindaba. Pero todo era tan... superficial.

Se vistió con ropas sencillas pero modernas, y en vez de bajar a desayunar, se sentó sobre la silla de madera que presidía su escritorio. La máquina de escribir se hallaba a un ladeada, pues Rose la empujó la noche anterior después de un arrebato de estrés. Tomó el papel del artículo que estaba escribiendo y volvió a leerlo. No estaba mal. No quería echarse flores, pero la lectura era fácil, sencilla y concisa. El contenido era claro y objetivo. Lo que fallaba era... el tema. Rendida, volvió a colocar el papel sobre la máquina de escribir y pulsó las letras con una rapidez pasmosa. En diez minutos, el artículo estuvo terminado.

Cuando bajó a desayunar, se encontró con que la fruta seleccionada por Diana al menos era su preferida. A Rose le encantaban los aguacates. Y sí, era una de las frutas que mas engordaba, pero eso no quitaba que sus propiedades, sobretodo sus grasas, fuesen de las más saludables que podía tomar. Echó en falta un pedazo de pan tostado sobre el que comerlo, pero no tenía ganas de porfiar de nuevo con su madre, quien se hallaba hablando por teléfono en mitad del pasillo. Harlod, su padre, no estaba, como era costumbre. Su trabajo le impedía pasar demasiado tiempo en casa. Rose no sabía como su madre podía haber soportado aquellos cambios en su marido, pero prefería no preguntar.

Se percató tras comer, de que sobre la encimera circular del centro de la cocina, alguien se había dejado un número del Sound of Hill de hacía ya dos días. Seguramente estaba ahí porque su madre se había releído su columna de opinión, con un artículo llamado ''Vaqueros de talle alto''. Sin embargo, lo que llamó la atención a Rose fue la portada. Rick Himan se había encargado del titular y el cuerpo de la primera página, como siempre. Y no era para menos. Habían hallado el cadáver de un chico adolescente en mitad de una cuneta. Los forenses habían dicho que la muerte había sido una sobredosis de droga. Todos se habían preguntado esos días como era posible que a un chico tan joven y prometedor como parecía haber sido, estaba enganchado a las drogas. Yo me preguntaba, sin embargo, cómo y de qué manera las había conseguido con esa edad. Que había tráfico de drogas en la ciudad se sabía, pero ¿Estaba aumentando? ¿Se estaba permitiendo formar parte a los menores? ¿Suponía un peligro real para la población? Demasiadas preguntas sin contestar que nadie se atrevía a formular, o más bien, las que nadie podía formular porque no se lo permitían. Rose se levantó de la silla, dejando el periódico donde estaba. Tomó su abrigo y su bolso y se marchó. No se había peinado. Hacía un mes había escrito que ya no estaba de moda hacerlo.


Aquel trabajo era extraoficial. Lo sabía.

A aquellas horas tan tempranas, en las que el sol iluminaba cada tejado de Dawnside Hill de forma que los hacía brillar como una estrella. Con suerte, su madre estaría tan ocupada que no la echaría en falta, y en Set, el bar con peor reputación de toda la ciudad, apenas habría gente que estropeara sus planes. Tenía todas las de ganar con ella. Tenía en sus manos lo que podría ser, de una buena vez, su primer titular de noticia y no un simple artículo de sociedad o de opinión en su aburrida y sosa columna. ¡Podría tener un ascenso! Sólo de imaginarse las posibilidades, aceleró el paso durante los largos minutos que la llevaron hasta aquel antro casi sin darse cuenta. Fuera del mismo, había varias motos oscuras aparcadas. Sin motivo alguno más que el de documentarse, Rose sacó su cámara instantánea del bolso y sacó un par de fotos, tanto al local como a los vehículos. Después, tomó aire y entró. ¿Qué podía salir mal? Estaba llena de esperanza.

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