La chica no se llegó a dar cuenta de que tenía los nudillos blancos de tanto apretar la baranda que separaba a ambos del lago. Era la primera vez que se sumergía de lleno en un asunto serio con tal de tener un buen artículo. Su corazón iba demasiado rápido, y a veces, su mente le pedía que se retirarse cuanto antes de aquel intento tan peligroso de ascender. Sin embargo, mirando a Jack, a quien poco a poco volvía a reconocer como su antiguo y cordial amigo, tomaba la suficiente confianza como para saber que las consecuencias no serían tan malas. -Jack...¿Nos sentamos?-
El cesped estaba perfectamente recortado. Los servicios de limpieza lo mantenían pulcro y brillante. Aun así, Rose no pudo evitar mostrar el amago de limpiarse el trasero de vez en cuando por si se ensuciaba, como si llevase uno de esos vestidos o faldas tan caros que solía vestir. Aquel día había decidido vestir de forma que Jack la sintiese cercana, con unos pantalones vaqueros que le llegaban hasta el ombligo y una camisa negra sencilla. Quizá se deslumbraba que la ropa era cara, porque Rose no sitió que Jack cambiase de confianza en ese aspecto.
El hombre se sentó bajo el sol. Hacía demasiado frío como para plantearse sentarse bajo la leve sombra de un árbol. Cuando Rose se sentó, cruzó las piernas y meditó como decir aquello que necesitaba preguntar. Estando allí los dos sentados, parecían una pareja cualquiera. Al menos, nadie sospecharía. -Jack... ¿Tus compañeros te dijeron que hacía en el Set el otro día?- Él negó con la cabeza. Se mostraba tranquilo. -Te confieso que fui buscando... ya sabes... eso que no se puede decir en alto porque la policía investigaría- Jack se reclinó un tanto hacia delante y frunció muchísimo el ceño. Sus arrugas en la frente se remarcaron, dando un aspecto mucho más maduro y experimentado a aquel rostro barbudo. -Es verdad, no te miento- añadió la chica al ver que no hablaba. -Es muy complicado para mí conseguir droga...- dijo en voz baja -...Sin que mis padres se den cuenta, o alguno de los muchos conocidos de mi padre me vea y se lo comente. Por mi trabajo, por mi apellido...- Tragó saliva -Pensé que quizás alejándome un poco, yendo al Set, que es conocido por ser un lugar que los Skulls frecuentáis y al que la policía ha visitado un par de veces...Conseguiría lo que buscaba- Jack negó con la cabeza y bufó, para después decir que la chica estuvo totalmente equivocada al ir allí para buscar droga. -¿Por qué?- Los Skulls no tenían nada que ver con drogas, admitió -¿Y tu podrías decirme alguna forma de conseguirla?- Ahí estaba, la pregunta estrella. Rose se mordió el labio inferior, nerviosa. Se delató a sí misma ligeramente al mostrar aquella manía que tanto la caracterizaba de niña y ahora de mujer. Cuando Jack miró ese labio aprisionado, preguntó para que demonios quería la droga -¿Para que la quiere la
Susurros del Etéreo
miércoles, 10 de enero de 2018
Sonó el teléfono un par de días después. Aquella mañana de sábado el cielo estaba claro, despejado, y el sol brillaba con ganas, aunque no hacía precisamente calor, sino más bien un viento gélido que podía llegar a cortar los labios si uno no se los humedecía bien. Por esa razón, Amy anduvo torpemente envuelta en una bata hasta el teléfono y descolgó, sujetando el teléfono entre la cabeza y el hombro porque se abrazaba a sí misma -¿Sí?- la persona al otro lado del altavoz se mantuvo en silencio unos segundos al oir una voz femenina, aunque algo aniñada. Preguntó por Jack a los pocos segundos -¿Quién es?- institió la chica. La mujer al otro lado de la línea decía ser una amiga -¿Eres su novia?- con una risilla nerviosa se apresuró a negar que fuese su pareja -¿Consideras entonces que es feo?- Amy sonrió para sí misma. Oh, cómo disfrutaba de molestar a los desconocidos que se equivocaban o preguntaban por Jack y no sabían quién era ella. Rose, quien estaba al otro lado de la línea, reflexionó unos instantes y por fin preguntó si podía saber con quién hablaba -Soy Amanda, la novia de Jack- dijo con seriedad, fingiendo molestia -Así que dime tu nombre y qué quieres de mi chico si no quieres que te arranque esos cuatro pelos de...-
-Amy- la voz de Jack a su espalda casi la hizo soltar un gritito -Dame ese teléfono- ordenó con suavidad. Amy sabía que la suavidad de Jack no presagiaba nada bueno. Su hermano detestaba enfadarse y más aún con ella, por eso nunca se mostraba agresivo, ni le gritaba, ni montaba espectáculos. La jovencita había crecido observándole que cuando él se molestaba con ella, o estaba furioso por algo en general, para que ella no se sintiese contrariada o incómoda, se reprimía en una máscara de severidad y una voz suave como el terciopelo. Había algo en esa faceta de su hermano que la aterrorizaba y prefería ser buena y obediente cuando le veía así. Ella era consciente de la situación que su hermano también vivía y no quería ser una carga de más. De esa forma, obediente, le entregó el auricular a su hermano y ella corrió hacia el sofá para seguir viendo la tele -Soy Jack- Rose tardó unos instantes en hablar, algo confusa. Se disculpó si interrumpía a Jack en su intimidad -No es mi novia Rose, es mi hermana, Amy- Rose soltó una risilla que se le había atascado en la garganta. Por un instante se le pasó por la cabeza que a lo mejor a Jack le gustaban jovencitas. Quizá demasiado. Se alegró saber de que no era el caso, por la sencilla razón de no rodearse de trastornados y depravados -Dime ¿Necesitas algo?- recuperando la confianza en la conversación, Rose simplemente comentó sobre la posibilidad de poder quedar, dar una vuelta, tomar algo y hablar ellos, a solas, de los viejos tiempos y ponerse al día, debido a que en la cena no tuvieron la oportunidad de desarrollar la noche como debió ser -Oh, bueno. Claro ¿Por qué no?- Jack sonrió, recuperando él también el tono cordial y cálido que siempre le caracterizaba con Rose -¿Te viene bien... dentro de una hora?- la chica asintió, podría en cualquier momento, tenía el día libre en su mayoría -Perfecto. Te pasaré a recoger- antes de que Rose pudiera negarse y alegar que ella podía ir por su cuenta a donde fuera que quisieran ir, Jack colgó el teléfono. La joven se quedó mirando el auricular del teléfono, que pitaba con la señal de la línea cortada. Frunció los labios y abrió los ojos con nerviosismo. La iba a buscar... en esa moto.
-Jack y Rose, sentados en un arbolito, dándose besitos en el piquito- cantaba Amy cuando su hermano pasó tras el sofá
-Eres una cría...-
-Claro que lo soy- sonrió ella alegre, mirando a su hermano por encima del respaldo del sofá -¿Vas a traerla a casa? ¿Quieres que me vaya?-
-¿De dónde sacas esas cosas, niña?- frunció Jack el ceño mientras miraba por la ventana
-Soy una cría. Los críos oimos cosas- dijo ella sarcástica -Además...- suspiró
-Ya, ya. No pienses en ello ¿De acuerdo? Nunca más- Jack se sintió mal. Le incomodaba demasiado que Amy hiciese comentarios de índole sexual, no porque fuese chica, no porque fuese joven, sino por la vivencia que tuvo con el desalmado de su padre, Armand. Él sospechaba que su hermana sólo pretendía hacer una vida normal, aceptar que un beso, una caricia, el simple hecho de tener un contacto carnal y sexual era algo inofensivo siempre que fuera consentido, y hasta disfrutable, o eso veía en la televisión o leía en cómics. Se esforzaba como pocas personas lograrían manteniendo una estabilidad mental más que decente. Ella se puso por encima de aquella pesadilla y maduró, lo aceptó como un escoyo que salvar. Odiaba, por ello, que consideraran que era aún joven para hablar de esas cosas. Ella sabía ya muy bien cómo funcionaba y Jack a veces lo olvidaba, por su afán de protegerla, por no poder evitar verla como una personita sensible y frágil, cuando realmente no lo era.
-¿Entonces?-
-¿Entonces qué?- la miró
-¿Vas a darme sobrinos?- sonrió pícara llevándose un dedo a los labios
-Te voy a dar un sopapo- rió Jack -Anda, métete en tus asuntos ¿No tienes deberes? ¿O estudiar para un examen?-
-Preferiría hacer vida familiar- dijo ella obstinada, levantando la nariz -¿Cuanto hace que no me presentas a una chica?- Jack la miró desconcetado
-Nunca te he presentado una chica- dijo confuso
-¡Exacto!- ella le apuntó con una mano como si fuese una pistola -Bang, bang ¡Muerte al traidor! ¡Debes presentarme a tu séquito para que yo las juzgue y ver si son o no unas zorras aprovechadas!- se mofó
-¿Se supone que ahora eres tú la mayor?- el chico se cruzó de brazos
-Soy tu hermana. Independientemente de quién sea el menor o el mayor, tenemos que protegernos ¿no? Es lo que mamá querría- sonrió con dulzura y Jack le correspondió
-Eres un maldito demonio-
-Demonio con pelo de fuego- susurró ella, metiéndose en el papel de un ser del inframundo, con mirada terrorífica, despeinándose los cabellos rojizos -¡Soy el Fénix!- gritó gloriosa
-Muy bien Fénix...- rió Jack, que miró el reloj y pasó a tomar rumbo a su habitación para ataviarse -No te olvides de mover las alas de fuego y cumplir con tus obligaciones-
-No hay malvado que pueda darme órdenes- seguía ella en su papel
-Oh, sí que lo hay- dijo Jack asomándose por la esquina del pasillo una última vez -Se llama zapatilla- amenazó jocoso antes de meterse en su habitación
-El Emperador Zapatilla ataca de nuevo...- sonrió ella en su soledad, dejando de jugar y tomando el mando de la televisión, buscando algún canal que le interese.
Cerca de una hora después, cuando Rose salió de su casa, allí estaba ya Jack, esperando fuera de la urbanización como la otra noche. El acabado metálico de las piezas de la moto refulgían bajo los brillantes y dorados rayos de sol, que amenazaban con cegar a Rose si la admiraba muy fijamente -Hola- alzó Jack una mano -¿Cómo va todo?- Rose contestó que afortunadamente todo seguía bien -Perfecto. Sube- la chica contempló la moto con dudas. Jack entonces le entregó un casco que traía bajo el asiento -Tranquila- dijo conciliador -No te voy a dejar subir sin la protección adecuada- Rose rió algo nerviosa, mirando el casco. Supuso que tenía que hacerlo, aunque fuese su primera vez en moto, como si estuviese acostumbrada. Ella necesitaba convencer a Jack, si es que él sabía realmente algo del asunto de las drogas, de que ella era la clase de chica que sin ningún problema se atrevería a comprarlas, a adquirir algo de material. Se puso el casco con cuidado para no despeinarse demasiado y se subió tras Jack. Se quedó sentada ahí, tal cual -Agárrate- le dijo el chico, agarrándole las manos y llevándoselas a su cintura, a la chaqueta. Rose se quedó paralizada por un instante. Lo tenía tan cerca que resultaba intimidante. Era a la hora de rodearle con los brazos cuando se daba cuenta de que al igual que William, Jack también era robusto, ancho y fuerte. Lo sintió en la firmeza de sus manos, en la dureza de su cuerpo. Cuando le observaba, parecía que a veces la chaqueta abultaba y engañaba a la vista, pero no. No pudo evitar sentir lástima por aquel borracho. Un golpe de Jack debía de doler mucho, muchísimo. Tuvo serias dudas de si le convenía tocarle las narices con asuntos de drogas. La moto arrancó entonces, interrumpiendo sus pensamientos -No te caigas- dijo Jack con jovialidad soltando la manilla del embrague y acelerando.
El viaje fue más que agradable. Jack no era un demonio de la carretera y no se las pasaba haciendo locuras peligrosas. Circulaba como debía, respetaba las señales, semáforos y al resto de vehículos, para algo de sorpresa de Rose, que tal vez lo prejuzgaba un poco. O quizá lo hacía porque la llevaba a ella en el transcurso del viaje. Lo que sí era una completa certeza era el placer de viajar en aquel vehículo. Era una sensación salvaje de libertad que la recorría cuando el viento, aunque frío, le recorría las manos, ascendía por sus brazos y le saltaba al cuello. Cuando sus cabellos que sobresalían por la parte baja del casco aún revoloteaban como dientes de león movidos por el vendabal. Se sorprendía a sí misma gozando de cada metro que recorría. De cómo podía mirar a la carretera mientras avanzaban y contemplaba la borrosa masa gris oscura que era el hormigón, pasaba como una cinta bajo sus pies. Además, estaba el rugido del motor. Grave, gorgoteante, encantador. Y el ligero olor a gasolina. Ese ligero olorcillo penetrante que a su vez, era agradable. Se dio cuenta de que no sólo era la moto, sino Jack. A pesar de que olía a colonia, no perdía el toque de gasolina. Resultaba ciertamente canalla y encantador. Era todo un estereotipo del hombre que ama a su moto y se pasaba el día arreglándola para que ese olorcillo nunca desapareciera. La chica no tuvo más remedio que sonreirse y pensar en que, pese al cambio físico y su aspecto más desaliñado, Jack no había cambiado casi nada.
Dawnside Hill no era particularmente enorme, pero tenía varios lugares interesantes a los que ir. Jack consideró que si era por buscar algo de paz y tranquilidad, el lago Nauca sería un buen lugar. Realmente era una suerte de brazo de mar en el que desembocaba también el pequeño río Onwa, que bajaba de las montañas que estaban allá en el bosque que rodeaba Dawnside Hill. Al rededor del lago se había construido un paseo que constantemente llamaba la atención a turistas y a habitantes. Aquel lugar siempre estaba lleno de gente, pero mayormente se trataba de parejas que buscan unas vistas hermosas para acaramelarse, o para pasear mascotas y niños. Así lo hicieron Jack y Rose. Aparcaron la moto y dejaron los cascos bajo el asiento del vehículo. Anduvieron juntos hasta las barandas del lago y allí, contemplaron la hermosa vista. Un hermoso charco de agua enorme, casi perfectamente redondo, bordeado por el paseo y una muy pequeña orilla en el que aveces algunas personas iban a pescar o incluso tenían la osadía de darse un chapuzón en sus heladas aguas. Allí en la lenía se podía apreciar el brazo de mar desde el que se llenaba el lago, aunque graciosamente, la humedad de la zona de Dawnside Hill solía ocultarlo con una muy ligera capa de niebla. El horizonte no era algo que los habitantes de la ciudad solieran contemplar -No te agradecí la invitación. Tu madre cocina de escándalo. Estaba todo delicioso- Rose no supo si tenía que dar las gracias exactamente por aquel comentario. Se limitó a sonreir y por supuesto, a excusarse por si se había sentido incómodo -No te preocupes. Digamos que estoy acostumbrado. Se tiende a juzgar muy fácil por el aspecto de uno y bien cierto es que no estoy al nivel de tu familia ni al de William- comentó distraido, con la mirada fija en el agua. La chica vio la oportunidad, una pequeña abertura, para sacar información. Comentó que su moto era toda una joya para no estar bien economicamente hablando -He conseguido hacer algunos trabajos- se encogió de hombros -Aquí, allí... Ya sabes- se rascó la nuca con humildad -Y aún así nunca he ganado lo suficiente para vivir en condiciones altas. Todo cuanto consigo lo centro en Amy y después, en mí. Mi moto es sólo una herramienta- Rose asintió comprensiva. Supuso que debía ser duro -Mi hermana es mi motivación. Ella me mantiene a flote- Rose comentó no haberla conocido nunca -Nació después de que te mudaras. Es normal. Hace 16 años que no nos vemos y ella tiene casi los 13. Como pudiste comprobar es un pequeño diablillo, demasiado inteligente para su bien- Rose rió ante aquel comentario. Una mujer, dijo, nunca era "demasiado" inteligente. Siempre se podía aprender, mejorar, y cuanto más, mejor -Por supuesto, no me malinterpretes- le sonrió Jack con su sempiterna acogedora sonrisa -Soy defensor de vuestro libre albedrío, no soy de esos que quieren manteneros sumidas en los años 20. Pero una madurez precoz lleva a conocer los delirios y maldades de este mundo de mierda demasiado rápido- se percató de que por un instante se sumió en sus relfexiones -Disculpa. No quería ser soez- Rose negó con la cabeza. Se atrevió a apuntar que era demasiado educado en comparación a sus... colegas -Dices los Skulls- Jack rió -Sí, son una panda de babosos, maleducados, rabiosos y patéticos gilipollas- confesó -Pero son mi familia. Mis hermanos. Me apoyaron cuando lo necesité y yo les apoyo a ellos- a Rose le brilló la mirada. Quiso saber qué clase de hermandad les unía, fingiendo un simple e inocente interés -Realmente son... cosas aburridas- rió Jack -Dudo que te interese de verdad- Rose se hizo la ofendida, llevándose una mano a la cintura ¿Preguntaría si no le interesara? -Es sólo que a veces lo pienso y parece sectario- se burló -Todos somos unos don nadie, todos y cada uno. Nos buscamos la vida como podemos y tratamos de hacer un núcleo con el que sustentarnos. Por eso es como si fueramos una familia. Cuando he pasado los peores años de necesidad me han ayudado a que Amy pudiera comer y vestir. Cuando ellos han necesitado mi ayuda, la he aportado sin dudar. Hoy por ti, mañana por mí. Y así hemos subsistido- la muchacha preguntó sobre qué clase de ayuda se prestaban unos a otros -¿Vas a hacer una columna sobre los Skulls?- preguntó Jack y Rose se tensó como una vara de acero. Afortunadamente para ella, Jack le restó importancia al reirse -A veces se trata de arreglar algún destrozo en una moto, o llevar alguna pieza a algún sitio, o traerla de algún taller al que se haya comprado. En ocasiones hacemos encargos para gente que necesite transportistas, ya sabes...- de nuevo, aquella mirada melancólica. Rose bromeó, inteligentemente y sutil, sobre lo honrado que parecía para la mala fama que a veces cosechaba el nombre de la banda -Sí... bueno... Supongo que...- la miró, reflexivo. Dudaba de si hablar, pero era Rose. Rose Miller. Su pequeña y protegida Rose Miller -He de confesar que no siempre se hacen cosas por las que uno se siente orgulloso- masculló -Pero es la única salida que he encontrado. Es un dinero sencillo, en un mundo sencillo. No puedo permitirme trabajar bajo una bota explotadora que me mantenga lejos de Amy todo el día y me pague una miseria. No pude sacarme unos buenos estudios así que no puedo aspirar a un gran trabajo. Me encantaría. Quizá cuando mi hermana sea más independiente, pero de momento no puedo- suspiró. Rose estaba nerviosa, pero lo ocultaba. Le temblaba ligeramente la mano izquierda, con la que se apoyaba en la baranda ¿Podría tener quizá la oportunidad de sonsacarle algo a Jack, en aquel lugar tan pacífico, en el que se estaba abriendo? Sólo tenía que probar un poco más, indagar un poco más...
-Amy- la voz de Jack a su espalda casi la hizo soltar un gritito -Dame ese teléfono- ordenó con suavidad. Amy sabía que la suavidad de Jack no presagiaba nada bueno. Su hermano detestaba enfadarse y más aún con ella, por eso nunca se mostraba agresivo, ni le gritaba, ni montaba espectáculos. La jovencita había crecido observándole que cuando él se molestaba con ella, o estaba furioso por algo en general, para que ella no se sintiese contrariada o incómoda, se reprimía en una máscara de severidad y una voz suave como el terciopelo. Había algo en esa faceta de su hermano que la aterrorizaba y prefería ser buena y obediente cuando le veía así. Ella era consciente de la situación que su hermano también vivía y no quería ser una carga de más. De esa forma, obediente, le entregó el auricular a su hermano y ella corrió hacia el sofá para seguir viendo la tele -Soy Jack- Rose tardó unos instantes en hablar, algo confusa. Se disculpó si interrumpía a Jack en su intimidad -No es mi novia Rose, es mi hermana, Amy- Rose soltó una risilla que se le había atascado en la garganta. Por un instante se le pasó por la cabeza que a lo mejor a Jack le gustaban jovencitas. Quizá demasiado. Se alegró saber de que no era el caso, por la sencilla razón de no rodearse de trastornados y depravados -Dime ¿Necesitas algo?- recuperando la confianza en la conversación, Rose simplemente comentó sobre la posibilidad de poder quedar, dar una vuelta, tomar algo y hablar ellos, a solas, de los viejos tiempos y ponerse al día, debido a que en la cena no tuvieron la oportunidad de desarrollar la noche como debió ser -Oh, bueno. Claro ¿Por qué no?- Jack sonrió, recuperando él también el tono cordial y cálido que siempre le caracterizaba con Rose -¿Te viene bien... dentro de una hora?- la chica asintió, podría en cualquier momento, tenía el día libre en su mayoría -Perfecto. Te pasaré a recoger- antes de que Rose pudiera negarse y alegar que ella podía ir por su cuenta a donde fuera que quisieran ir, Jack colgó el teléfono. La joven se quedó mirando el auricular del teléfono, que pitaba con la señal de la línea cortada. Frunció los labios y abrió los ojos con nerviosismo. La iba a buscar... en esa moto.
-Jack y Rose, sentados en un arbolito, dándose besitos en el piquito- cantaba Amy cuando su hermano pasó tras el sofá
-Eres una cría...-
-Claro que lo soy- sonrió ella alegre, mirando a su hermano por encima del respaldo del sofá -¿Vas a traerla a casa? ¿Quieres que me vaya?-
-¿De dónde sacas esas cosas, niña?- frunció Jack el ceño mientras miraba por la ventana
-Soy una cría. Los críos oimos cosas- dijo ella sarcástica -Además...- suspiró
-Ya, ya. No pienses en ello ¿De acuerdo? Nunca más- Jack se sintió mal. Le incomodaba demasiado que Amy hiciese comentarios de índole sexual, no porque fuese chica, no porque fuese joven, sino por la vivencia que tuvo con el desalmado de su padre, Armand. Él sospechaba que su hermana sólo pretendía hacer una vida normal, aceptar que un beso, una caricia, el simple hecho de tener un contacto carnal y sexual era algo inofensivo siempre que fuera consentido, y hasta disfrutable, o eso veía en la televisión o leía en cómics. Se esforzaba como pocas personas lograrían manteniendo una estabilidad mental más que decente. Ella se puso por encima de aquella pesadilla y maduró, lo aceptó como un escoyo que salvar. Odiaba, por ello, que consideraran que era aún joven para hablar de esas cosas. Ella sabía ya muy bien cómo funcionaba y Jack a veces lo olvidaba, por su afán de protegerla, por no poder evitar verla como una personita sensible y frágil, cuando realmente no lo era.
-¿Entonces?-
-¿Entonces qué?- la miró
-¿Vas a darme sobrinos?- sonrió pícara llevándose un dedo a los labios
-Te voy a dar un sopapo- rió Jack -Anda, métete en tus asuntos ¿No tienes deberes? ¿O estudiar para un examen?-
-Preferiría hacer vida familiar- dijo ella obstinada, levantando la nariz -¿Cuanto hace que no me presentas a una chica?- Jack la miró desconcetado
-Nunca te he presentado una chica- dijo confuso
-¡Exacto!- ella le apuntó con una mano como si fuese una pistola -Bang, bang ¡Muerte al traidor! ¡Debes presentarme a tu séquito para que yo las juzgue y ver si son o no unas zorras aprovechadas!- se mofó
-¿Se supone que ahora eres tú la mayor?- el chico se cruzó de brazos
-Soy tu hermana. Independientemente de quién sea el menor o el mayor, tenemos que protegernos ¿no? Es lo que mamá querría- sonrió con dulzura y Jack le correspondió
-Eres un maldito demonio-
-Demonio con pelo de fuego- susurró ella, metiéndose en el papel de un ser del inframundo, con mirada terrorífica, despeinándose los cabellos rojizos -¡Soy el Fénix!- gritó gloriosa
-Muy bien Fénix...- rió Jack, que miró el reloj y pasó a tomar rumbo a su habitación para ataviarse -No te olvides de mover las alas de fuego y cumplir con tus obligaciones-
-No hay malvado que pueda darme órdenes- seguía ella en su papel
-Oh, sí que lo hay- dijo Jack asomándose por la esquina del pasillo una última vez -Se llama zapatilla- amenazó jocoso antes de meterse en su habitación
-El Emperador Zapatilla ataca de nuevo...- sonrió ella en su soledad, dejando de jugar y tomando el mando de la televisión, buscando algún canal que le interese.
Cerca de una hora después, cuando Rose salió de su casa, allí estaba ya Jack, esperando fuera de la urbanización como la otra noche. El acabado metálico de las piezas de la moto refulgían bajo los brillantes y dorados rayos de sol, que amenazaban con cegar a Rose si la admiraba muy fijamente -Hola- alzó Jack una mano -¿Cómo va todo?- Rose contestó que afortunadamente todo seguía bien -Perfecto. Sube- la chica contempló la moto con dudas. Jack entonces le entregó un casco que traía bajo el asiento -Tranquila- dijo conciliador -No te voy a dejar subir sin la protección adecuada- Rose rió algo nerviosa, mirando el casco. Supuso que tenía que hacerlo, aunque fuese su primera vez en moto, como si estuviese acostumbrada. Ella necesitaba convencer a Jack, si es que él sabía realmente algo del asunto de las drogas, de que ella era la clase de chica que sin ningún problema se atrevería a comprarlas, a adquirir algo de material. Se puso el casco con cuidado para no despeinarse demasiado y se subió tras Jack. Se quedó sentada ahí, tal cual -Agárrate- le dijo el chico, agarrándole las manos y llevándoselas a su cintura, a la chaqueta. Rose se quedó paralizada por un instante. Lo tenía tan cerca que resultaba intimidante. Era a la hora de rodearle con los brazos cuando se daba cuenta de que al igual que William, Jack también era robusto, ancho y fuerte. Lo sintió en la firmeza de sus manos, en la dureza de su cuerpo. Cuando le observaba, parecía que a veces la chaqueta abultaba y engañaba a la vista, pero no. No pudo evitar sentir lástima por aquel borracho. Un golpe de Jack debía de doler mucho, muchísimo. Tuvo serias dudas de si le convenía tocarle las narices con asuntos de drogas. La moto arrancó entonces, interrumpiendo sus pensamientos -No te caigas- dijo Jack con jovialidad soltando la manilla del embrague y acelerando.
El viaje fue más que agradable. Jack no era un demonio de la carretera y no se las pasaba haciendo locuras peligrosas. Circulaba como debía, respetaba las señales, semáforos y al resto de vehículos, para algo de sorpresa de Rose, que tal vez lo prejuzgaba un poco. O quizá lo hacía porque la llevaba a ella en el transcurso del viaje. Lo que sí era una completa certeza era el placer de viajar en aquel vehículo. Era una sensación salvaje de libertad que la recorría cuando el viento, aunque frío, le recorría las manos, ascendía por sus brazos y le saltaba al cuello. Cuando sus cabellos que sobresalían por la parte baja del casco aún revoloteaban como dientes de león movidos por el vendabal. Se sorprendía a sí misma gozando de cada metro que recorría. De cómo podía mirar a la carretera mientras avanzaban y contemplaba la borrosa masa gris oscura que era el hormigón, pasaba como una cinta bajo sus pies. Además, estaba el rugido del motor. Grave, gorgoteante, encantador. Y el ligero olor a gasolina. Ese ligero olorcillo penetrante que a su vez, era agradable. Se dio cuenta de que no sólo era la moto, sino Jack. A pesar de que olía a colonia, no perdía el toque de gasolina. Resultaba ciertamente canalla y encantador. Era todo un estereotipo del hombre que ama a su moto y se pasaba el día arreglándola para que ese olorcillo nunca desapareciera. La chica no tuvo más remedio que sonreirse y pensar en que, pese al cambio físico y su aspecto más desaliñado, Jack no había cambiado casi nada.
Dawnside Hill no era particularmente enorme, pero tenía varios lugares interesantes a los que ir. Jack consideró que si era por buscar algo de paz y tranquilidad, el lago Nauca sería un buen lugar. Realmente era una suerte de brazo de mar en el que desembocaba también el pequeño río Onwa, que bajaba de las montañas que estaban allá en el bosque que rodeaba Dawnside Hill. Al rededor del lago se había construido un paseo que constantemente llamaba la atención a turistas y a habitantes. Aquel lugar siempre estaba lleno de gente, pero mayormente se trataba de parejas que buscan unas vistas hermosas para acaramelarse, o para pasear mascotas y niños. Así lo hicieron Jack y Rose. Aparcaron la moto y dejaron los cascos bajo el asiento del vehículo. Anduvieron juntos hasta las barandas del lago y allí, contemplaron la hermosa vista. Un hermoso charco de agua enorme, casi perfectamente redondo, bordeado por el paseo y una muy pequeña orilla en el que aveces algunas personas iban a pescar o incluso tenían la osadía de darse un chapuzón en sus heladas aguas. Allí en la lenía se podía apreciar el brazo de mar desde el que se llenaba el lago, aunque graciosamente, la humedad de la zona de Dawnside Hill solía ocultarlo con una muy ligera capa de niebla. El horizonte no era algo que los habitantes de la ciudad solieran contemplar -No te agradecí la invitación. Tu madre cocina de escándalo. Estaba todo delicioso- Rose no supo si tenía que dar las gracias exactamente por aquel comentario. Se limitó a sonreir y por supuesto, a excusarse por si se había sentido incómodo -No te preocupes. Digamos que estoy acostumbrado. Se tiende a juzgar muy fácil por el aspecto de uno y bien cierto es que no estoy al nivel de tu familia ni al de William- comentó distraido, con la mirada fija en el agua. La chica vio la oportunidad, una pequeña abertura, para sacar información. Comentó que su moto era toda una joya para no estar bien economicamente hablando -He conseguido hacer algunos trabajos- se encogió de hombros -Aquí, allí... Ya sabes- se rascó la nuca con humildad -Y aún así nunca he ganado lo suficiente para vivir en condiciones altas. Todo cuanto consigo lo centro en Amy y después, en mí. Mi moto es sólo una herramienta- Rose asintió comprensiva. Supuso que debía ser duro -Mi hermana es mi motivación. Ella me mantiene a flote- Rose comentó no haberla conocido nunca -Nació después de que te mudaras. Es normal. Hace 16 años que no nos vemos y ella tiene casi los 13. Como pudiste comprobar es un pequeño diablillo, demasiado inteligente para su bien- Rose rió ante aquel comentario. Una mujer, dijo, nunca era "demasiado" inteligente. Siempre se podía aprender, mejorar, y cuanto más, mejor -Por supuesto, no me malinterpretes- le sonrió Jack con su sempiterna acogedora sonrisa -Soy defensor de vuestro libre albedrío, no soy de esos que quieren manteneros sumidas en los años 20. Pero una madurez precoz lleva a conocer los delirios y maldades de este mundo de mierda demasiado rápido- se percató de que por un instante se sumió en sus relfexiones -Disculpa. No quería ser soez- Rose negó con la cabeza. Se atrevió a apuntar que era demasiado educado en comparación a sus... colegas -Dices los Skulls- Jack rió -Sí, son una panda de babosos, maleducados, rabiosos y patéticos gilipollas- confesó -Pero son mi familia. Mis hermanos. Me apoyaron cuando lo necesité y yo les apoyo a ellos- a Rose le brilló la mirada. Quiso saber qué clase de hermandad les unía, fingiendo un simple e inocente interés -Realmente son... cosas aburridas- rió Jack -Dudo que te interese de verdad- Rose se hizo la ofendida, llevándose una mano a la cintura ¿Preguntaría si no le interesara? -Es sólo que a veces lo pienso y parece sectario- se burló -Todos somos unos don nadie, todos y cada uno. Nos buscamos la vida como podemos y tratamos de hacer un núcleo con el que sustentarnos. Por eso es como si fueramos una familia. Cuando he pasado los peores años de necesidad me han ayudado a que Amy pudiera comer y vestir. Cuando ellos han necesitado mi ayuda, la he aportado sin dudar. Hoy por ti, mañana por mí. Y así hemos subsistido- la muchacha preguntó sobre qué clase de ayuda se prestaban unos a otros -¿Vas a hacer una columna sobre los Skulls?- preguntó Jack y Rose se tensó como una vara de acero. Afortunadamente para ella, Jack le restó importancia al reirse -A veces se trata de arreglar algún destrozo en una moto, o llevar alguna pieza a algún sitio, o traerla de algún taller al que se haya comprado. En ocasiones hacemos encargos para gente que necesite transportistas, ya sabes...- de nuevo, aquella mirada melancólica. Rose bromeó, inteligentemente y sutil, sobre lo honrado que parecía para la mala fama que a veces cosechaba el nombre de la banda -Sí... bueno... Supongo que...- la miró, reflexivo. Dudaba de si hablar, pero era Rose. Rose Miller. Su pequeña y protegida Rose Miller -He de confesar que no siempre se hacen cosas por las que uno se siente orgulloso- masculló -Pero es la única salida que he encontrado. Es un dinero sencillo, en un mundo sencillo. No puedo permitirme trabajar bajo una bota explotadora que me mantenga lejos de Amy todo el día y me pague una miseria. No pude sacarme unos buenos estudios así que no puedo aspirar a un gran trabajo. Me encantaría. Quizá cuando mi hermana sea más independiente, pero de momento no puedo- suspiró. Rose estaba nerviosa, pero lo ocultaba. Le temblaba ligeramente la mano izquierda, con la que se apoyaba en la baranda ¿Podría tener quizá la oportunidad de sonsacarle algo a Jack, en aquel lugar tan pacífico, en el que se estaba abriendo? Sólo tenía que probar un poco más, indagar un poco más...
martes, 9 de enero de 2018
Aunque se lo propusiera, Rose era incapaz de terminarse la cena. En un alarde de demostración económica, capacidad, o sabía Dios qué, Diana había hecho cena en cantidades industriales. Y ya no solo por cantidad, sino por apetencia, el estómago de la chica se había cerrado por completo. Era una situación demasiado extraña como para plantearse seguir comiendo.
La cena terminó bastante tarde, más de lo que a la chica le hubiese gustado, sobretodo teniendo en cuenta que las conversaciones fueron mayoritariamente llevadas por William y Harold. Y no es que eso fuese una molestia, pero los repentinos cambios de humor de su padre empezaban a sacarla de quicio, sobretodo cuando empezaba a comprender que mostraba un trato mucho más cordial con William que con ella en todo un mes.
La noche ya estaba excesivamente oscura cuando ambos invitados salieron del hogar de los Miller tras agradecer la cena y la compañía. Rose se prestó a acompañarles a la puerta de la urbanización. Aquella era su única forma de poder conseguir un ápice de sus verdaderas y principales intenciones para con aquella cena, y no la pensaba dejar escapar. -Perdonad a mis padres. Debería haber planeado una cena mejor, sin ellos. Si hubiese sabido que vendrías, William, lo hubiese hecho así- mintió la chica para romper un poco el hielo durante el paso. Era raro caminar con uno de ellos a cada lado, como hacía antaño.
-Tus padres son encantadores, Rose. Siempre lo fueron- confesó William mirando al frente.
-Si, ya... a veces son bastante pesados, realmente. Si lo pensáis, a penas hemos hablado de nosotros. Mi padre se ha dedicado a hablar de metas, fortuna... Como si eso importase- añadí.
-Sigues teniendo ese punto de vista tan sencillo y personal, Rose. Me encanta que no hayas cambiado un ápice- sonrió el hombre. Rose pudo comprobar que sus dientes eran perfectos. Blancos y simétricos. ¿Hasta su interior era tan brillante?.
-Bueno... Me gusta ser yo misma. Lo necesito a veces. Sobretodo cuando tengo que escribir-
-¿Escribir? ¿Eres escritora, Rose? No he encontrado tu nombre en ningún libro reciente- William ralentizó el paso, haciendo énfasis en su interés.
-No, no. Nada de eso. Trabajo para el Sound of Hill. Hay veces en las que tengo que redactar un artículo sencillo, pero solo de vez en cuando. La mayoría de las veces escribo en la columna de opiniones e investigaciones sociales. Son temas bastante... banales. De verdad, ni si le echéis un ojo.-
-Seguro que son espectaculares, no seas modesta-
-De verdad, William. Son un desastre. Y no es modestia, son los temas... son extremadamente horribles y aburridos. Llevo tiempo intentando encargarme de algo mejor, pero... de momento es un poco complicado-
-¿Por qué? ¿Cual es el problema?- La chica detuvo el paso. William estaba extremadamente interesado, o eso parecía. En su mirada se podía encontrar todo un barullo de intención y confianza, como si pudiese conseguir lo que se propusiera, incluso por mí.
-Quizá el tiempo... A penas llevo tres años trabajando. Solo necesito eso, tiempo y una buena oportunidad- Tras decir aquello, continuó andando. Al ver como William dejaba de mirarla, suspiró levemente. Se había puesto un poco nerviosa y no supo por qué. Podría haber preguntado esta vez ella por el trabajo de los demás, pero decidió no hacerlo. Por Jack. No sabía por qué.
Al llegar a la verja, el guarda abrió la puerta para que ambos hombres pudiesen salir. William caminó pocos pasos, pues su coche estaba allí mismo. Un Mercedes grisáceo brillante, de acabaos nuevos y muy cuidado. Casi era un lujo sólo poder mirarlo. -Jack, Rose, me alegra haber podido volveros a ver.- dijo su dueño con la puerta del auto ya abierta.
-Sí... podríamos volver a vernos, otro día-
-Sería fantástico-
-Esta vez sin padres, por favor-
-Te llamaré. Os llamaré entonces- Tras decir aquello, William entró en el coche y cerró la puerta. Arrancó el coche y se marchó. Y Rose, se quedó mirando como el coche desaparecía al final de la carretera con una media sonrisa en la cara. Acababa de recordar lo mucho que el hombre le gustaba cuando era pequeña. Sin embargo, antes de que el estómago le cosquilleara, se giró para mirar a Jack.
-¿Y tu coche?- Hacia donde el hombre se dirigió, no había coche, sino moto. Una Harley Davidson oscura, llamativa y robusta. -Vaya...- Jack montó en ella con una habilidad pasmosa que la chica supo que no podría imitar ni si quiera intentándolo. -Es muy bonita- Él sonrió, admitiendo desconocer que ese tipo de vehículos le llamasen la atención -Realmente no sabía que me gustaban. Pero aquí, viéndola, no se, me parece bonita. Ha tenido que costarte mucho tenerla- Jack no respondió. -Si te interesa... No le conté a mis padres lo que pasó en el Set. Ellos ni si quiera saben que yo estaba allí- A Jack tambien le pareció confuso que ella hubiese acudido a un local como ese por primera vez. Aseguró llevar algunos años allí y no haberla visto nunca -Yo... sólo buscaba una cerveza y bueno, ya sabes... Cosas que mis padres no deberían saber- mintió. -Jack, siento mucho el desastre de cena que ha sido. Soy consciente de que estabas incómodo- Él no lo negó -Me gustaría que nos volviésemos a ver- dijo -Los dos solos- añadió. En el fondo supo que decir aquello podría confundir al hombre, que de seguro no adivinaba sus verdaderas intenciones -Ponernos al día, hablar de nuestras cosas... con más intimidad- sonrió. Jack accedió. -Ésta vez te llamaré yo- terminó por decir momentos antes de que el hombre arrancase la moto, la cual emitió un rugido ensordecedor que recorrió cada recoveco de la urbanización. Un sonido vibrante y grave, realmente agradable. Jack se marchó, y con él, las oportunidades de Rose para encontrar información sobre la distribución de drogas. La chica se prometió allí, en pie, encontrar respuestas muy pronto. Pero por prudencia, regresó pronto a casa. Dawnside Hill no era segura.
La cena terminó bastante tarde, más de lo que a la chica le hubiese gustado, sobretodo teniendo en cuenta que las conversaciones fueron mayoritariamente llevadas por William y Harold. Y no es que eso fuese una molestia, pero los repentinos cambios de humor de su padre empezaban a sacarla de quicio, sobretodo cuando empezaba a comprender que mostraba un trato mucho más cordial con William que con ella en todo un mes.
La noche ya estaba excesivamente oscura cuando ambos invitados salieron del hogar de los Miller tras agradecer la cena y la compañía. Rose se prestó a acompañarles a la puerta de la urbanización. Aquella era su única forma de poder conseguir un ápice de sus verdaderas y principales intenciones para con aquella cena, y no la pensaba dejar escapar. -Perdonad a mis padres. Debería haber planeado una cena mejor, sin ellos. Si hubiese sabido que vendrías, William, lo hubiese hecho así- mintió la chica para romper un poco el hielo durante el paso. Era raro caminar con uno de ellos a cada lado, como hacía antaño.
-Tus padres son encantadores, Rose. Siempre lo fueron- confesó William mirando al frente.
-Si, ya... a veces son bastante pesados, realmente. Si lo pensáis, a penas hemos hablado de nosotros. Mi padre se ha dedicado a hablar de metas, fortuna... Como si eso importase- añadí.
-Sigues teniendo ese punto de vista tan sencillo y personal, Rose. Me encanta que no hayas cambiado un ápice- sonrió el hombre. Rose pudo comprobar que sus dientes eran perfectos. Blancos y simétricos. ¿Hasta su interior era tan brillante?.
-Bueno... Me gusta ser yo misma. Lo necesito a veces. Sobretodo cuando tengo que escribir-
-¿Escribir? ¿Eres escritora, Rose? No he encontrado tu nombre en ningún libro reciente- William ralentizó el paso, haciendo énfasis en su interés.
-No, no. Nada de eso. Trabajo para el Sound of Hill. Hay veces en las que tengo que redactar un artículo sencillo, pero solo de vez en cuando. La mayoría de las veces escribo en la columna de opiniones e investigaciones sociales. Son temas bastante... banales. De verdad, ni si le echéis un ojo.-
-Seguro que son espectaculares, no seas modesta-
-De verdad, William. Son un desastre. Y no es modestia, son los temas... son extremadamente horribles y aburridos. Llevo tiempo intentando encargarme de algo mejor, pero... de momento es un poco complicado-
-¿Por qué? ¿Cual es el problema?- La chica detuvo el paso. William estaba extremadamente interesado, o eso parecía. En su mirada se podía encontrar todo un barullo de intención y confianza, como si pudiese conseguir lo que se propusiera, incluso por mí.
-Quizá el tiempo... A penas llevo tres años trabajando. Solo necesito eso, tiempo y una buena oportunidad- Tras decir aquello, continuó andando. Al ver como William dejaba de mirarla, suspiró levemente. Se había puesto un poco nerviosa y no supo por qué. Podría haber preguntado esta vez ella por el trabajo de los demás, pero decidió no hacerlo. Por Jack. No sabía por qué.
Al llegar a la verja, el guarda abrió la puerta para que ambos hombres pudiesen salir. William caminó pocos pasos, pues su coche estaba allí mismo. Un Mercedes grisáceo brillante, de acabaos nuevos y muy cuidado. Casi era un lujo sólo poder mirarlo. -Jack, Rose, me alegra haber podido volveros a ver.- dijo su dueño con la puerta del auto ya abierta.
-Sí... podríamos volver a vernos, otro día-
-Sería fantástico-
-Esta vez sin padres, por favor-
-Te llamaré. Os llamaré entonces- Tras decir aquello, William entró en el coche y cerró la puerta. Arrancó el coche y se marchó. Y Rose, se quedó mirando como el coche desaparecía al final de la carretera con una media sonrisa en la cara. Acababa de recordar lo mucho que el hombre le gustaba cuando era pequeña. Sin embargo, antes de que el estómago le cosquilleara, se giró para mirar a Jack.
-¿Y tu coche?- Hacia donde el hombre se dirigió, no había coche, sino moto. Una Harley Davidson oscura, llamativa y robusta. -Vaya...- Jack montó en ella con una habilidad pasmosa que la chica supo que no podría imitar ni si quiera intentándolo. -Es muy bonita- Él sonrió, admitiendo desconocer que ese tipo de vehículos le llamasen la atención -Realmente no sabía que me gustaban. Pero aquí, viéndola, no se, me parece bonita. Ha tenido que costarte mucho tenerla- Jack no respondió. -Si te interesa... No le conté a mis padres lo que pasó en el Set. Ellos ni si quiera saben que yo estaba allí- A Jack tambien le pareció confuso que ella hubiese acudido a un local como ese por primera vez. Aseguró llevar algunos años allí y no haberla visto nunca -Yo... sólo buscaba una cerveza y bueno, ya sabes... Cosas que mis padres no deberían saber- mintió. -Jack, siento mucho el desastre de cena que ha sido. Soy consciente de que estabas incómodo- Él no lo negó -Me gustaría que nos volviésemos a ver- dijo -Los dos solos- añadió. En el fondo supo que decir aquello podría confundir al hombre, que de seguro no adivinaba sus verdaderas intenciones -Ponernos al día, hablar de nuestras cosas... con más intimidad- sonrió. Jack accedió. -Ésta vez te llamaré yo- terminó por decir momentos antes de que el hombre arrancase la moto, la cual emitió un rugido ensordecedor que recorrió cada recoveco de la urbanización. Un sonido vibrante y grave, realmente agradable. Jack se marchó, y con él, las oportunidades de Rose para encontrar información sobre la distribución de drogas. La chica se prometió allí, en pie, encontrar respuestas muy pronto. Pero por prudencia, regresó pronto a casa. Dawnside Hill no era segura.
Podría haberse considerado una exageración decir que ver el rostro de aqul tipo tras 16 años fue como si le rompieran a Jack un jarrón de agua helada en la cabeza, si no fuera extremadamente cierto. Consiguió ocultar toda esa maraña de emociones negativas sin embargo tras una cauta y triste sonrisa, poniéndose en pie, mostrando modales, para recibir al entrante invitado. La reacción de Rose fue incluso parecida, aunque Jack dudaba que fuese con aquellas extrañas vibras que él sentía. William Winter. Qué curioso. Los tres, tras 16 años, reunidos de nuevo, como una señal del destino -Por el amor de Dios... ¡Rose, mi buena Rose!- sonrió flamante William, con voz grave, atrayente, enigmática y seductora. A diferencia de gente como Jim Black, él no lo provocaba, no lo fingía, era natural, inherente en él. En un simple primer vistazo ya se apreciaba que era el típico tipo perfecto que jamás en su vida se acercaría al Set por miedo a pillar sabía Dios qué infección. Jack lo examinaba con detenimiento. No se equivocaba en absolutamente nada en cuanto a su primera impresión: era perfecto, o eso aparentaba al menos. No le extrañó lo más mínimo que Harold lo tratase con tanta alegría y devoción ¡Cualquiera lo haría, diablos! Su perfecto traje oscuro, perfectamente planchado y vestido. No había arruga alguna en sus prendas. Su camisa azul oscuro con la corbata a juego con el traje. Además, tal y como Harold, llevaba unos gemelos de oro que relucían en cada pequeño movimiento de muñeca que hiciera. William se acercó a Rose con aquella deslumbrante sonrisa y la tomó de los hombros con afecto, antes de plantarle dos gráciles y dulces besos en la mejilla. La chica se quedó congelada, casi igual que la madre de la muchacha. Jack no entendió del todo aquel gesto, hasta que el propio Will, abriéndose de brazos, retrocedió un paso para contemplar por completo a Rose -Mírate, estás tan bella ¡Cómo hemos crecido! Y pensar que eramos tan jóvenes la última vez que nos vimos...- reflexionó con calidez. Entonces se percató de su acción y de la expresión congelada de Rose -¡Oh, lo siento!- rió encantador -Muchos años viviendo en diversos paises europeos hacen que uno obtenga las costumbres de allí. España, Italia, Francia... Ah, son muy dados a besar al otro lado del oceano- concluyó, ajustándose los gemelos en un gesto de elegancia
-Seguro que sí- terció Harold con amabilidad -¡Y en mi opinión, grandes costumbres la de esos europeos! Quizá si en este país fuesemos más cálidos, más entregados y dados a mostrar amor, no habríamos sufrido lo que hemos sufrido- ante aquellas palabras, Rose se limitó a mirar a su padre con un completísimo estupor ¿De verdad Harold Miller, que cada vez se alejaba más de su familia, estaba hablando sobre brindar más amor y afecto? De verdad parecía haberse vuelto loco ¡No! ¡Debía ser por la presencia de William! Era fácil comprenderlo todo desde el mismo instante en que el muchacho entró por la puerta.
-Que me lleven los demonios- dijo entonces sorprendido William -¿Tú eres Jack? ¿Jack Kane?- sonrió de nuevo, de la misma forma que al ver a Rose. Jack asintió con cordialidad y veloz, William fue a estrecharle la mano con efusividad -¡Vaya! Esto sí que no lo esperaba. Señor Miller, de verdad que usted ha logrado sorprenderme con esta invitación. No sólo Rose, sino Jack ¡El viejo Jack!- "El viejo Jack", maldito sea. Tenía su misma edad, pero no lo aparentaba. William tenía la piel curtida por el sol, pero no por trabajar, sino por las vacaciones y viajes de negocios. Era evidente que se cuidaba y mucho. Su presencia dura y varonil contrastaba con un aspecto rejuvenecido en contraposición a Jack, que presentaba alguna arruga de más en la frente y plateadas sombras de pequeñas cicatrices por el trabajo, la interperie y algún que otro lío del que no le hablaría jamás a la familia Miller. Siempre fue así, sin embargo. Desde pequeños William consideraba a Jack más viejo por su aspecto más desarrapado en comparación a él. Los Winter siempre fueron de alta alcurnia y en concreto William tenía un carácter jovial y cercano, como bien estaba mostrando, mientras que Jack era más reservado y reflexivo. Por ello se ganó el apelativo de "viejo" por parte de William, que lo consideraba más parecido a su padre, Jacob Winter, que a sí mismo, que tenía su misma edad.
-¿Podemos tomar asiento?- preguntó entonces Diana, odiando interrumpir tan alegre reencuentro -La comida se va a enfriar y nada odiaría más que la cena se echara a perder- declaró. Por supuesto, todos tomaron su respectivo asiento. William se sentó frente a Rose, aunque solía mirar más a Jack que a la chica en esos instantes. Rose era la evidente muestra del buen hacer de Harold en cuanto a los negocios. Jack sin embargo seguía siendo el mismo despojo. William nunca lo terminó de considerar una compañía del todo agradable y no eran pocas las veces que se lo hacía saber, de ahí la animadversión de Jack hacia él. El hijo de Holly Kane, conocida más por Darrow al desechar por completo su apellido de casada, era demasiado educado y contaba con un alma cándida que le impidió destrozarle la cara en pedazos a William cuando tenían 14 años. También lo hacía por Rose, que desde que conoció al heredero del apellido Winter debido a los crecientes negocios allá entonces del señor Miller, siempre hablaba de él y se divertía con el chico. Jack simplemente recibía los insultos y las insidiosas palabras elegantes y educadamente hirientes de William, quien solía hacer preguntas que trataban de hurgar en heridas o en declarar su alta posición respecto al muchacho. Quiso pensar, en esos momentos al menos para mantener la paz, que William debía haber madurado lo suficiente para dejar atrás ese espectro malsano de creerse superior. Pero las constantes miradas del recien llegado le hacía sentir que no sólo no había madurado, sino que ahora era peor
-De verdad, sigo estando sorprendido de verte, Jack- dijo William antes de llevarse un pedazo de carne a la boca, exquisitamente cortado, recién servido por la señora Miller
-Yo también- añadió Jack
-Qué escueto- rió Winter -¿Es lo único que tienes que decirle a un viejo amigo de la infancia? Ni siquiera me has dicho que estoy más gordo- Gordo. Gordo estaba Jimmy. William podría posar, a juzgar por las formas que adivinaban el traje, para una revista de bomberos y aún así dejarlos a todos vergüenza. Era una suerte de Bruce Wayne y él lo sabía. Jack se preguntó en su reflexión interna si William sabría quién era Bruce Wayne.
-Nunca he sido muy de juzgar a las personas, ya sabes- el tono se le escapó. No alzó la voz, pero se notó la sorna. Harold al menos lo percibió, que bajó la mirada algo tenso hacia su plato
-No pido que me juzgues, compañero. Tan sólo que mostremos algo más de calidez- rió William, que parecía no haberse percatado de la aguja lanzada por Jack -Ha sido veros a los dos y de pronto, me ha azotado la nostalgia como nunca- declaró brillante como un sol -Me acuerdo ¡Es increible! Me acuerdo de tantas cosas que hacíamos...-
-Eso es algo fantástico- se insmicuyó Harold -De verdad, lo es- agregó rotundidad mirando a los tres viejos conocidos -Cuando lleguéis a mi edad, valoraréis mucho el poder recordar con claridad los buenos momentos. Sobre todo en la infancia- sonrió -Hoy en día me conformo con recordar a mi querida Rose. A veces la miro y creo verla aún en pañales- Rose, ruborizada, exclamó el nombre de su padre con clara vergüenza. Jack y William reían mientras Diana miraba a su hija con dulce añoranza
-Me encantan las cenas nostálgicas- añadió William -¿Te acuerdas, Rose, de cuando solíamos pasear por el parque Bright y jugábamos al pilla-pilla?- Rose se llevó una mano a la frente, recordando. Ella era tan pequeña en comparación a ambos chicos... -Eras tan, tan dulce. Me encantaba tu compañía aunque fueras más pequeña. Siempre te consideré más madura de la edad que tenías- Rose alegó que quizá podría haberse tratado de que tuvo que aprender a lidiar con matones desde bien pequeñilla y eso le hizo apreciar la compañia de gente con dos dedos de frente -Oh, cierto. Los abusones. Los niños pueden ser tan crueles... incluso hoy en día-
-Y que lo digas ¿Te puedes creer que hace una semana me encontré con el coche lleno de huevos estrellados?- terció Harold
-Inadmisible- concluyó William negando con la cabeza
-Mi niña siempre ha llamado mucho la atención. En un principio era tan tímida y poca cosa que resultaba presa fácil. Fue así como conociste a Jack ¿Me equivoco?- la chica asintió
-Fascinante. No recuerdo esa historia- sonrió William
-Bueno...- Jack alzó la mirada tratando de recordar -Si no me equivoco Lawrence y Louise estaban molestando aquel día a Rose. Decían que tenía un bolsito muy bonito. Los muy capu...- se calló
-¿Sí?- dijo William, moviendo una mano -Prosigue por favor. No te cortes por llamarlos... ¿Capullos?- miró a Diana y a Harold al decir aquello
-Capullos... sí. Siento decirlo así, es lo que eran- Jack miró a Rose -Creían que llevaba dinero y a juzgar por el bolsito, consideraron que era bastante. Y si no llevaban dinero podrían llevar el bolso a la tienda de empeños, o a saber- suspiró
-Esos dos siempre fueron problemáticos- suspiró Diana -¿Eran hermanos, no?- Jack asintió -Recuerdo a su madre, la señora Summers...- negó la mujer con la cabeza -Qué disgusto...-
-¿Disgusto?- William cruzó los dedos de las manos -¿Qué pasó?- Diana miró a Jack
-A ver, no quiero sonar descortés ni desagradecida...- Rose llamó a su madre con una mirada de advertencia -De verdad que no, cariño. Perdóname, Jack, de verdad, pero siempre he considerado que fuiste demasiado duro con ellos-
-No tiene de qué disculparse, señora Miller. Hoy soy adulto y soy consciente de que la violencia no lleva a ninguna parte, ni resuelve problemas- Rose miró de reojo a Jack, recordando el cómo le estampó la cara a aquel borracho contra la mesa para que la dejaran en paz
-Unas muy sabias palabras, muchacho- terció Harold, con menos entusiasmo que cuando hablaba con William
-Es muy afortunada esa forma de pensar. De hecho te habría salvado de más de un problema en aquel entonces haber recapacitado antes- señaló William -Siempre fuiste irascible-
-Sí, de mecha corta- rió Jack
-Quizá demasiada- añadió Harold -Al punto de que te descuidabas, chico- Rose volvió a llamar la atención a su padre -No estoy diciendo nada, Rose. Sólo la verdad. Hablamos del pasado. No hablo del presente-
-Está bien, Rose- Jack sonrió a la chica para tranquilizarla, aunque era más que evidente para la joven que Jack no se sentía a gusto y ella no quería, en lo más mínimo, hacerle sentir que había sido invitado para simplemente atacarle
-Por supuesto ¿Ves? Jack sabe distinguir, él conoce las diferencias del antes y el ahora- hizo aspavientos con la mano, señalando a Jack -Aún así, el pasado siempre te persigue muchacho. No lo olvides. Tenlo en cuenta y harás grandes cosas si lo solucionas-
-¿Disculpe?- Jack enarcó las cejas
-Oh- Harold se limpió los labios con la servilleta -Quiero decir que, bueno, es evidente que las cosas no parecen haberte ido demasiado bien-
-Pero dudo que mi "pasado" tenga algo que ver. Las cosas no van bien porque no han ido nunca bien- se encogió Jack de hombros, aguantando la tormenta
-Te equivocas hijo, el carácter forja el futuro de un hombre- Harold y William se miraron y se sonrieron -¿Me equivoco, amigo mío?-
-En absoluto. Una férrea disciplina cincela el camino de baldosas amarillas hacia un futuro prometedor, que es cuanto a un hombre le queda. Algunos doctores en psicología creen que el carácter empieza a formarse incluso en el vientre materno-
-Creo que me he perdido- al decir aquello, Harold esbozó una sonrisa sarcástica, como complacido porque Jack no entendiese del todo la conversación, sintiéndose superior -¿Es posible que estéis insinuando algo sobre mí?-
-¡Por todos los cielos, no, chico!- alargó una mano hacia Jack -Por favor discúlpame si te ha dado la sensación. Sólo hablo, como digo, de que la negra sombra de lo que fuimos siempre viene para perseguirnos-
-La cosa es, señor Miller, que no hay ninguna negra sombra que me persigue. No cometí un crimen, no he robado ni... matado a nadie- dijo la palabra matar con respeto -Si el pasado al que se refiere es haberle dado una lección a unos cuantos desalmados que se metían con su hija, si cree que eso me ha echado a perder...-
-No me malinterpretes, por favor. No me refiero a...-
-No me arrepiento de lo que hice. Y si volviera a tener 14 años volvería a hacerlo. Mereció la pena ayudar a Rose, aunque me haya ganado fama de matón- en ese instante se forjó un tenso silencio. Las pesadas agujas del reloj en la pared era lo único que sonaba en la casa
-Siento... mucho haberte ofendido- dijo Harold por fin
-No... no me ofende- sonrió Jack -Sólo pretendía dejarlo claro- el muchacho miró a William, que ya le observaba con sus penetrantes ojos azules y una sonrisa misteriosa -Quería- recalcó -que quedara bien claro. Siempre fui el amigo de Rose y lo seguiré siendo, si ella quiere, y si me necesita- se llevó el tenedor a la boca y masticó con paciencia un nuevo trocito de carne.
Mientras la cena se llevaba a cabo, no demasiado lejos de la casa de los Miller, dos muchachas lloraban arrinconadas en una habitación oscura, fría y húmeda. Las paredes ni siquiera eran de ladrillo, ni de papel, ni madera. Era pura piedra. Se sentían atrapadas en una cueva. El hedor era terrorífico, pues era pura podredumbre. Entre llanto y llanto a veces trataban de vomitar para soportar mejor el asco debido a las constantes nauseas que tenían en el estómago, pero era inútil. Las chicas no se conocían de nada, pero era el único apoyo que tenía cada una, la compañía de la otra. Habían perdido ya la cuenta de cuanto tiempo llevaban encerradas donde sea que estuvieran, hasta que por fin tuvieron el menor resquicio de esperanza cuando creyeron oir unos pasos -¡Socorro!- gritó Ann, una de las chicas desaparecidas -¡Alguien! ¡Ayuda! ¡Por favooooor!- sollozó, pero no obtuvo respuesta. Sólo los pasos, pasos que no parecían cesar nunca. Entonces sonaron llaves y el quejido de una enormísima puerta de acero abriéndose. Las chicas se abrazaron, temblando. El maquillaje de los ojos les recorría todo el rostro debido a la pena y el terror. Al cabo de un momento, un sonido de mechero encendió un viejo farol de mano, muy, muy antiguo. Iluminó a ambas y al lugar en el que se encontraban. Era realmente una cueva y aquellas piedras y palos en las que se creían sentadas les encogió el corazón. Huesos. Montones de huesos. Gritaron hasta quedarse sin aire. La figura envuelta en sombras que sostenía el farol estaba acompañada por otra que observaba atento, en silencio. Su silueta apenas se veía recortada en la penumbra
-Quiero a la pelirroja- musitó -La morena no nos sirve. Ya está manchada por la semilla del hombre y la hace inútil, frágil, vulnerable...- la voz mascullaba carrasposa, anciana
-Así será, Pontífice- dijo la grave voz de quien portaba el farol. Lo dejó en el suelo para mantener la luz y se acercó a las muchachas. Ambas gritaban, lloraban, forcejearon cuando él las alcanzó. Primero tomó a la chica de piel morena y cabellos oscuros del rostro, como si quisiera mirarla a los ojos -Oida sea su llamada- rezó, antes de estrellarle el craneo contra la picuda pared de roca de aquella zona cavernosa repetidas veces. Tantas fueron en pocos movimientos que se oyó el crujido del hueso y la posterior masa gelatinosa del cerebro haciéndose un mejunje sanguinoliento que teñía la piedra y manaba como una pequeña cascada hasta el suelo, donde cayó fulminado el cadáver. La pelirroja lloraba y gritaba en un enorme ataque de nervios. El enorme hombre que había asesinado a su compañera de cautiverio la tomó entonces de la misma forma, obligándole a abrir la boca. Le vertió en la lengua un polvillo desconocido que no olía a nada ni sabía a nada, pero que en cuestión de segundos le adormeció la lengua por completo y la garganta. No podía gritar. En pocos instantes se sintió desvanecer, a merced de quienes quiera que fueran sus captores. Se marcharon con ella, en brazos del hombre fuerte y alto, mientras que el cuerpo de la otra chica, Gina Partolw, yacía entre un montón de huesos a los que pronto se uniría.
-Seguro que sí- terció Harold con amabilidad -¡Y en mi opinión, grandes costumbres la de esos europeos! Quizá si en este país fuesemos más cálidos, más entregados y dados a mostrar amor, no habríamos sufrido lo que hemos sufrido- ante aquellas palabras, Rose se limitó a mirar a su padre con un completísimo estupor ¿De verdad Harold Miller, que cada vez se alejaba más de su familia, estaba hablando sobre brindar más amor y afecto? De verdad parecía haberse vuelto loco ¡No! ¡Debía ser por la presencia de William! Era fácil comprenderlo todo desde el mismo instante en que el muchacho entró por la puerta.
-Que me lleven los demonios- dijo entonces sorprendido William -¿Tú eres Jack? ¿Jack Kane?- sonrió de nuevo, de la misma forma que al ver a Rose. Jack asintió con cordialidad y veloz, William fue a estrecharle la mano con efusividad -¡Vaya! Esto sí que no lo esperaba. Señor Miller, de verdad que usted ha logrado sorprenderme con esta invitación. No sólo Rose, sino Jack ¡El viejo Jack!- "El viejo Jack", maldito sea. Tenía su misma edad, pero no lo aparentaba. William tenía la piel curtida por el sol, pero no por trabajar, sino por las vacaciones y viajes de negocios. Era evidente que se cuidaba y mucho. Su presencia dura y varonil contrastaba con un aspecto rejuvenecido en contraposición a Jack, que presentaba alguna arruga de más en la frente y plateadas sombras de pequeñas cicatrices por el trabajo, la interperie y algún que otro lío del que no le hablaría jamás a la familia Miller. Siempre fue así, sin embargo. Desde pequeños William consideraba a Jack más viejo por su aspecto más desarrapado en comparación a él. Los Winter siempre fueron de alta alcurnia y en concreto William tenía un carácter jovial y cercano, como bien estaba mostrando, mientras que Jack era más reservado y reflexivo. Por ello se ganó el apelativo de "viejo" por parte de William, que lo consideraba más parecido a su padre, Jacob Winter, que a sí mismo, que tenía su misma edad.
-¿Podemos tomar asiento?- preguntó entonces Diana, odiando interrumpir tan alegre reencuentro -La comida se va a enfriar y nada odiaría más que la cena se echara a perder- declaró. Por supuesto, todos tomaron su respectivo asiento. William se sentó frente a Rose, aunque solía mirar más a Jack que a la chica en esos instantes. Rose era la evidente muestra del buen hacer de Harold en cuanto a los negocios. Jack sin embargo seguía siendo el mismo despojo. William nunca lo terminó de considerar una compañía del todo agradable y no eran pocas las veces que se lo hacía saber, de ahí la animadversión de Jack hacia él. El hijo de Holly Kane, conocida más por Darrow al desechar por completo su apellido de casada, era demasiado educado y contaba con un alma cándida que le impidió destrozarle la cara en pedazos a William cuando tenían 14 años. También lo hacía por Rose, que desde que conoció al heredero del apellido Winter debido a los crecientes negocios allá entonces del señor Miller, siempre hablaba de él y se divertía con el chico. Jack simplemente recibía los insultos y las insidiosas palabras elegantes y educadamente hirientes de William, quien solía hacer preguntas que trataban de hurgar en heridas o en declarar su alta posición respecto al muchacho. Quiso pensar, en esos momentos al menos para mantener la paz, que William debía haber madurado lo suficiente para dejar atrás ese espectro malsano de creerse superior. Pero las constantes miradas del recien llegado le hacía sentir que no sólo no había madurado, sino que ahora era peor
-De verdad, sigo estando sorprendido de verte, Jack- dijo William antes de llevarse un pedazo de carne a la boca, exquisitamente cortado, recién servido por la señora Miller
-Yo también- añadió Jack
-Qué escueto- rió Winter -¿Es lo único que tienes que decirle a un viejo amigo de la infancia? Ni siquiera me has dicho que estoy más gordo- Gordo. Gordo estaba Jimmy. William podría posar, a juzgar por las formas que adivinaban el traje, para una revista de bomberos y aún así dejarlos a todos vergüenza. Era una suerte de Bruce Wayne y él lo sabía. Jack se preguntó en su reflexión interna si William sabría quién era Bruce Wayne.
-Nunca he sido muy de juzgar a las personas, ya sabes- el tono se le escapó. No alzó la voz, pero se notó la sorna. Harold al menos lo percibió, que bajó la mirada algo tenso hacia su plato
-No pido que me juzgues, compañero. Tan sólo que mostremos algo más de calidez- rió William, que parecía no haberse percatado de la aguja lanzada por Jack -Ha sido veros a los dos y de pronto, me ha azotado la nostalgia como nunca- declaró brillante como un sol -Me acuerdo ¡Es increible! Me acuerdo de tantas cosas que hacíamos...-
-Eso es algo fantástico- se insmicuyó Harold -De verdad, lo es- agregó rotundidad mirando a los tres viejos conocidos -Cuando lleguéis a mi edad, valoraréis mucho el poder recordar con claridad los buenos momentos. Sobre todo en la infancia- sonrió -Hoy en día me conformo con recordar a mi querida Rose. A veces la miro y creo verla aún en pañales- Rose, ruborizada, exclamó el nombre de su padre con clara vergüenza. Jack y William reían mientras Diana miraba a su hija con dulce añoranza
-Me encantan las cenas nostálgicas- añadió William -¿Te acuerdas, Rose, de cuando solíamos pasear por el parque Bright y jugábamos al pilla-pilla?- Rose se llevó una mano a la frente, recordando. Ella era tan pequeña en comparación a ambos chicos... -Eras tan, tan dulce. Me encantaba tu compañía aunque fueras más pequeña. Siempre te consideré más madura de la edad que tenías- Rose alegó que quizá podría haberse tratado de que tuvo que aprender a lidiar con matones desde bien pequeñilla y eso le hizo apreciar la compañia de gente con dos dedos de frente -Oh, cierto. Los abusones. Los niños pueden ser tan crueles... incluso hoy en día-
-Y que lo digas ¿Te puedes creer que hace una semana me encontré con el coche lleno de huevos estrellados?- terció Harold
-Inadmisible- concluyó William negando con la cabeza
-Mi niña siempre ha llamado mucho la atención. En un principio era tan tímida y poca cosa que resultaba presa fácil. Fue así como conociste a Jack ¿Me equivoco?- la chica asintió
-Fascinante. No recuerdo esa historia- sonrió William
-Bueno...- Jack alzó la mirada tratando de recordar -Si no me equivoco Lawrence y Louise estaban molestando aquel día a Rose. Decían que tenía un bolsito muy bonito. Los muy capu...- se calló
-¿Sí?- dijo William, moviendo una mano -Prosigue por favor. No te cortes por llamarlos... ¿Capullos?- miró a Diana y a Harold al decir aquello
-Capullos... sí. Siento decirlo así, es lo que eran- Jack miró a Rose -Creían que llevaba dinero y a juzgar por el bolsito, consideraron que era bastante. Y si no llevaban dinero podrían llevar el bolso a la tienda de empeños, o a saber- suspiró
-Esos dos siempre fueron problemáticos- suspiró Diana -¿Eran hermanos, no?- Jack asintió -Recuerdo a su madre, la señora Summers...- negó la mujer con la cabeza -Qué disgusto...-
-¿Disgusto?- William cruzó los dedos de las manos -¿Qué pasó?- Diana miró a Jack
-A ver, no quiero sonar descortés ni desagradecida...- Rose llamó a su madre con una mirada de advertencia -De verdad que no, cariño. Perdóname, Jack, de verdad, pero siempre he considerado que fuiste demasiado duro con ellos-
-No tiene de qué disculparse, señora Miller. Hoy soy adulto y soy consciente de que la violencia no lleva a ninguna parte, ni resuelve problemas- Rose miró de reojo a Jack, recordando el cómo le estampó la cara a aquel borracho contra la mesa para que la dejaran en paz
-Unas muy sabias palabras, muchacho- terció Harold, con menos entusiasmo que cuando hablaba con William
-Es muy afortunada esa forma de pensar. De hecho te habría salvado de más de un problema en aquel entonces haber recapacitado antes- señaló William -Siempre fuiste irascible-
-Sí, de mecha corta- rió Jack
-Quizá demasiada- añadió Harold -Al punto de que te descuidabas, chico- Rose volvió a llamar la atención a su padre -No estoy diciendo nada, Rose. Sólo la verdad. Hablamos del pasado. No hablo del presente-
-Está bien, Rose- Jack sonrió a la chica para tranquilizarla, aunque era más que evidente para la joven que Jack no se sentía a gusto y ella no quería, en lo más mínimo, hacerle sentir que había sido invitado para simplemente atacarle
-Por supuesto ¿Ves? Jack sabe distinguir, él conoce las diferencias del antes y el ahora- hizo aspavientos con la mano, señalando a Jack -Aún así, el pasado siempre te persigue muchacho. No lo olvides. Tenlo en cuenta y harás grandes cosas si lo solucionas-
-¿Disculpe?- Jack enarcó las cejas
-Oh- Harold se limpió los labios con la servilleta -Quiero decir que, bueno, es evidente que las cosas no parecen haberte ido demasiado bien-
-Pero dudo que mi "pasado" tenga algo que ver. Las cosas no van bien porque no han ido nunca bien- se encogió Jack de hombros, aguantando la tormenta
-Te equivocas hijo, el carácter forja el futuro de un hombre- Harold y William se miraron y se sonrieron -¿Me equivoco, amigo mío?-
-En absoluto. Una férrea disciplina cincela el camino de baldosas amarillas hacia un futuro prometedor, que es cuanto a un hombre le queda. Algunos doctores en psicología creen que el carácter empieza a formarse incluso en el vientre materno-
-Creo que me he perdido- al decir aquello, Harold esbozó una sonrisa sarcástica, como complacido porque Jack no entendiese del todo la conversación, sintiéndose superior -¿Es posible que estéis insinuando algo sobre mí?-
-¡Por todos los cielos, no, chico!- alargó una mano hacia Jack -Por favor discúlpame si te ha dado la sensación. Sólo hablo, como digo, de que la negra sombra de lo que fuimos siempre viene para perseguirnos-
-La cosa es, señor Miller, que no hay ninguna negra sombra que me persigue. No cometí un crimen, no he robado ni... matado a nadie- dijo la palabra matar con respeto -Si el pasado al que se refiere es haberle dado una lección a unos cuantos desalmados que se metían con su hija, si cree que eso me ha echado a perder...-
-No me malinterpretes, por favor. No me refiero a...-
-No me arrepiento de lo que hice. Y si volviera a tener 14 años volvería a hacerlo. Mereció la pena ayudar a Rose, aunque me haya ganado fama de matón- en ese instante se forjó un tenso silencio. Las pesadas agujas del reloj en la pared era lo único que sonaba en la casa
-Siento... mucho haberte ofendido- dijo Harold por fin
-No... no me ofende- sonrió Jack -Sólo pretendía dejarlo claro- el muchacho miró a William, que ya le observaba con sus penetrantes ojos azules y una sonrisa misteriosa -Quería- recalcó -que quedara bien claro. Siempre fui el amigo de Rose y lo seguiré siendo, si ella quiere, y si me necesita- se llevó el tenedor a la boca y masticó con paciencia un nuevo trocito de carne.
Mientras la cena se llevaba a cabo, no demasiado lejos de la casa de los Miller, dos muchachas lloraban arrinconadas en una habitación oscura, fría y húmeda. Las paredes ni siquiera eran de ladrillo, ni de papel, ni madera. Era pura piedra. Se sentían atrapadas en una cueva. El hedor era terrorífico, pues era pura podredumbre. Entre llanto y llanto a veces trataban de vomitar para soportar mejor el asco debido a las constantes nauseas que tenían en el estómago, pero era inútil. Las chicas no se conocían de nada, pero era el único apoyo que tenía cada una, la compañía de la otra. Habían perdido ya la cuenta de cuanto tiempo llevaban encerradas donde sea que estuvieran, hasta que por fin tuvieron el menor resquicio de esperanza cuando creyeron oir unos pasos -¡Socorro!- gritó Ann, una de las chicas desaparecidas -¡Alguien! ¡Ayuda! ¡Por favooooor!- sollozó, pero no obtuvo respuesta. Sólo los pasos, pasos que no parecían cesar nunca. Entonces sonaron llaves y el quejido de una enormísima puerta de acero abriéndose. Las chicas se abrazaron, temblando. El maquillaje de los ojos les recorría todo el rostro debido a la pena y el terror. Al cabo de un momento, un sonido de mechero encendió un viejo farol de mano, muy, muy antiguo. Iluminó a ambas y al lugar en el que se encontraban. Era realmente una cueva y aquellas piedras y palos en las que se creían sentadas les encogió el corazón. Huesos. Montones de huesos. Gritaron hasta quedarse sin aire. La figura envuelta en sombras que sostenía el farol estaba acompañada por otra que observaba atento, en silencio. Su silueta apenas se veía recortada en la penumbra
-Quiero a la pelirroja- musitó -La morena no nos sirve. Ya está manchada por la semilla del hombre y la hace inútil, frágil, vulnerable...- la voz mascullaba carrasposa, anciana
-Así será, Pontífice- dijo la grave voz de quien portaba el farol. Lo dejó en el suelo para mantener la luz y se acercó a las muchachas. Ambas gritaban, lloraban, forcejearon cuando él las alcanzó. Primero tomó a la chica de piel morena y cabellos oscuros del rostro, como si quisiera mirarla a los ojos -Oida sea su llamada- rezó, antes de estrellarle el craneo contra la picuda pared de roca de aquella zona cavernosa repetidas veces. Tantas fueron en pocos movimientos que se oyó el crujido del hueso y la posterior masa gelatinosa del cerebro haciéndose un mejunje sanguinoliento que teñía la piedra y manaba como una pequeña cascada hasta el suelo, donde cayó fulminado el cadáver. La pelirroja lloraba y gritaba en un enorme ataque de nervios. El enorme hombre que había asesinado a su compañera de cautiverio la tomó entonces de la misma forma, obligándole a abrir la boca. Le vertió en la lengua un polvillo desconocido que no olía a nada ni sabía a nada, pero que en cuestión de segundos le adormeció la lengua por completo y la garganta. No podía gritar. En pocos instantes se sintió desvanecer, a merced de quienes quiera que fueran sus captores. Se marcharon con ella, en brazos del hombre fuerte y alto, mientras que el cuerpo de la otra chica, Gina Partolw, yacía entre un montón de huesos a los que pronto se uniría.
lunes, 8 de enero de 2018
No podía creer lo que veían sus ojos. A todas luces, aquel hombre alto no era ni mucho menos al niño tranquilo y afable que una vez conoció. Pero decía serlo, decía llamarse Jack Kane y tuvo que creerle, aún bajo aquella maraña de vello facial. -¿Jack? ¿En serio eres tú?- Rose no supo si quedarse en el sitio, ponerse en pie, abrazarle y estrecharle la mano o seguir haciéndose la sorprendida. Finalmente, cuando él sonrió, optó por no hacer nada de ello. Era como si hablara con un completo desconocido. -Madre mía... Estás... Estás muy distinto- Afirmó, entornando los ojos. -Oye, ahora en serio. Gracias por intervenir, supongo. Pero no era necesario. Solo eran unos capullos. No tenías por qué...- La chica dejó la mirada fija en la mesa. Aun no había terminado de procesar el ligero acto de violencia que había acontecido frente a sus narices. Casi no sabía como se iba a tornar su voluntario artículo. De hecho ¿Que demonios iba a explicar ya en él? Cuando salió del ensimismamiento, contempló como todos aquellos hombres que lucían la misma chaqueta negra no dejaban de mirarlos a ambos, algunos de forma mas disimulada que otros. Jack llevaba la misma chaqueta. ¿Pertenecían todos a la misma banda? ¿Jack era un Skull? No sabía como preguntarlo. De hecho, no debía preguntarlo. Aunque amigos en el pasado, ahora eran desconocidos. -¿Que tal estás? ¿Como esta tu madre?- Jack fue a abrir la boca un momento, pero fue interrumpido por el mismo hombre que anteriormente la había invitado a marcharse a casa sin su artículo. Éste, le hizo un gesto con las manos que Rose pudo descifrar como un aviso. Y así fue, pues Jack se disculpó admitiendo que tenía que irse, desafortunadamente. Esta vez fue Rose quien se quedó con la boca abierta. Se iba. Su amigo de cuando era niña, se iba, después de dieciséis años sin verse. Y ahora podía volver a marcharse, él y la información que ella tanto ansiaba... -Espera, Jack- Le detuvo, poniéndose en pie -Ahora vivo Sunset street. Es una urbanización nueva. Se construyó hace poco tiempo y está en el norte de la ciudad. Sería genial que cenaras en casa... o lo que quieras. Hace mucho tiempo que no nos vemos, no se nada de ti... Por favor- Roe esbozó su sonrisa más tierna, consiguiendo que el hombre asintiese levemente. -Mi número de teléfono es...- Rebuscó rápidamente en su bolso una pequeña libreta y un lápiz. No era casualidad que tuviese aquellos materiales, dado que era una especie de obligación tener lo imprescindible para escribir en cualquier momento que lo necesitase para poder documentar bien los artículos que escribía -El 555-645-832...- recitó mientras escribía. Al terminar, arrancó la hoja de papel de la libreta y se la cedió al hombre, quien se la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Finalmente, se despidió y Rose se quedó sola de nuevo en el Set, rodeada de oscuridad y luces de neón a pesar de las tempranas horas. Supo que no tenía nada más que hacer allí.
Después de aquello, Rose volvió a las oficinas del periódico con las manos vacías. Siguió trabajando con sus estúpidas y sosas columnas de opinión o investigación, las cuales cada vez le parecían menos interesantes e incluso más machistas para los tiempos que empezaban a correr. De vez en cuando, pausaba su trabajo para pensar, soñar despierta. ¿Llamaría Jack o solo había aceptado cenar con ella por mostrar cordialidad? Le interesaba su información, le interesaba sacar adelante lo que podría ser el titular del año, y de paso, conocer que le había ocurrido a su antiguo amigo en aquellos años. Era consciente de que sonaba egoísta. Supuso que la sangre de su padre corría demasiado por sus venas...
-Eh, toma. El número de hoy.- Bobby, el nuevo chico de los cafés, lanzó el periódico del día contra la mesa. -El titular de la portada da escalofríos- aseguró justo antes de marcharse para seguir repartiendo más cafés a los trabajadores próximos al puesto de trabajo de la chica. Sin pensarlo dos veces, tomó el periódico y lo desplegó. Las letras negras aún tintaban las yemas de los dedos, tan enormes que era difícil leer otra cosa que no fueran ellas. ''Dos jóvenes de Dawnside Hill desaparecidas en la noche de ayer''. Rose pestañeó dos veces y frunció el ceño. Después, pasó a leer el subtitulo. ''Los familiares de Ann Galden y Gina Partolw, de veintitrés y veintiséis años respectivamente, denunciaron a las autoridades la desaparición después de que ambas terminasen su turno laboral. La familia esclareció que ambas no se conocían y advierten que ninguna de las dos desaparecería de manera voluntaria''. Rose tomó aire después de leer aquello. ¿Tendría algo que ver con la muerte de Jaime, el chico de la sobredosis? Quizás no, pero sin duda, el caso era igual de estremecedor. ¿Había un secuestrador en Dawnside Hill? Le daba miedo pensarlo.
En vez de apartar el periódico, siguió leyendo. Estaba aburrida, en mitad de un bloqueo con su actual artículo. Pensó que leer otras cosas le ayudaría. Cuando dejó atrás el primer artículo, se encontró con ''La huelga de los trabajadores de las minas''. Su padre era inversor de aquellas extracciones, de manera que debía estar afectado. Realmente le daba igual. Su padre era independiente, demasiado. Los problemas que él tuviese, poco le afectarían a ella. Volvió a pasar las páginas y leyó las columnas. Ese día no figuraba su nombre en ellas, pues no le tocaba por contrato algunos días. En su lugar, una compañera que se encargaba de temas más cotillas, escribió un pequeño artículo en una de las últimas páginas, en la columna de la derecha. ''Los Winter regresan a Dawnside Hill''. Rose abrió muchísimo los ojos al leer aquello y dejó el periódico sobre la mesa. Qué casualidad.
Aquel día, regresó a casa un poco tarde pero a tiempo. Justo en el momento en el que dejaba el bolso y el abrigo colgados del perchero que había junto a la puerta principal, el teléfono que se hallaba al final del primer pasillo empezó a sonar. Rose se lanzó a por él, como lo había hecho durante los cuatro días anteriores. Aquella, por fin, fue la llamada que estaba esperando. -¡Jack!- Al oír aquello, Diana asomó su repeinada cabeza desde la puerta de la cocina, con el rostro un tanto extrañado. -Claro, claro. No pasa nada- Incapaz de controlar su curiosidad, la mujer se acercó aun más a su hija, intentando oír lo que decía la voz al otro lado del auricular. -¿Qué te parecería cenar mañana?... Sí, no te preocupes. Mis padres estarán encantados de volver a verte- Diana puso aún más cara de asombro. Intentó quitarle el teléfono a Rose, pero no pudo, dado que la chica predijo sus intenciones y se apartó. -Hasta mañana, Jack- Tras decir aquello colgó el teléfono y colocó sus manos sobre la cintura. -¿Qué quieres mamá?-
-¿Quien es ese Jack al que me alegraré de ver?-
-Jack, Jack Kane. No conocemos a otro Jack-
-¡¿Como?! ¿Jack Kane? Ni hablar. Se dicen cosas horribles de su familia-
-¿Y a mi qué? Era mi amigo-
-Era. Tú misma lo has dicho. Llamale ahora mismo y dile que no estamos interesados en cenar con él-
-Ni hablar, mamá. ¿A caso quieres que se comente por la ciudad que fuiste tan desagradable con un muchacho cualquiera?-
-¡Ese es el problema! Es un muchacho cualquiera. Rose, tu mereces estar con alguien más... como nosotros. De nuestro nivel- Al oír aquello, la chica puso los ojos en blanco. Estaba harta de los niveles, las jerarquías, las clases y las diferencias.
-Mamá, antes no eras así. Cuando yo era pequeña, Jack venía a casa de vez en cuando. Era un buen amigo. Y su madre era muy amable con nosotros.-
-Antes tu padre no tenía el trabajo que ahora tiene-
-Me da igual. El trabajo de papá no significa nada para mí ni debería significar nada para ti. ¿De acuerdo? Jack va a venir a cenar con nosotros, vamos a pasar una noche fantástica recordando viejos tiempos y sin hablar de trabajo. Y no pienso discutir ni negociar, así que llama a papá e informale de que tiene que tachar la noche de mañana en su apretada agenda- Al decir aquello, Rose se fue del pasillo en dirección a las escaleras que dirigían hacia su habitación. Por supuesto, no era bueno contarle que tenía otros planes con Jack a su madre. Diana podría ser demasiado inmiscuida. La mujer se quedó pensativa, aun cerca del teléfono. Se recolocó tras la oreja un mechón de pelo rubio y suspiró. -Supongo que tendré que lucirme en la cocina al menos. Que no se diga que los Miller no son hospitalarios- Rose pudo oírla aún desde la planta de arriba, lo que arrancó un suspiro enorme en ella. Las apariencias eran lo más importante para su madre... lo detestaba.
La noche de la cena llegó. A la habitación de Rose llegaba el agradable olor del pollo asado de su madre mientras ella terminaba de arreglarse. En su armario abierto podría apreciarse la cantidad exagerada de vestidos elegantes y casuales con los que contaba, los jerseys de suave lana de calidad y los zapatos que brillaban con el reflejo de la lámpara. Sin embargo, decidió vestirse con ropajes más normales. Sabía que la familia Kane nunca había sido una familia con un exceso de bienestar económico y a juzgar por las pintas de Jack en el Set, adivinaba que se sentiría más cómodo si ella no vestía como sus padres realmente desearían.
El teléfono sonó. El guarda de la urbanización avisaba de que un joven esperaba a las puertas de la misma, asegurando ser invitado por los Miller. Rose salió disparada de su habitación en dirección a la puerta, pero antes de irse, lanzó una mirada de advertencia a sus padres -Ya os lo he dicho, pero lo vuelvo a repetir. No quiero que se sienta incómodo, no quiero que lo atosiguéis con vuestros problemas laborales. Sólo vamos a hablar de los años que llevamos sin vernos ¿De acuerdo?-
-Tranquila, Rose. Ya lo sabemos- sonrió su padre, ajustándose unos gemelos de oro en las mangas de la camisa. A la chica le pareció que se estaba arreglando demasiado, pero no le dio excesiva importancia.
Al llegar a la entrada de la urbanización, el guarda abrió la reja y permitió a Jack entrar. Justo como Rose pensó, vestía ropa sencillas, aunque mejores a las que usó en el Set. Ataviado con unos pantalones oscuros y una camiseta blanca semi oculta bajo una chaqueta de cuero brillante y sin logos, saludó algo inseguro. -¡Jack! Me alegra verte. Vamos, ven. Mi casa esta justo al final- El hombre lanzó una mirada rápida a todo el lugar. Las enormes mansiones se situaban una junto a la otra, pero ligeramente separadas por frondosos jardines con sistema de regado automático. Los coches de las familias brillaban a la luz de la luna, así como las cuidadas flores que adornaban el perfecto y pulido alquitrán de las anchas calles que delimitaban la zona. -¿Es bonita verdad? A mi padre... le fueron bien los negocios, supongo. Decidimos mudarnos aquí cuando quisimos regresar. Dicen que es la zona más segura de toda la ciudad. Y la verdad, me alegra que así sea. Están pasando... cosas últimamente- dijo, intentando que no sonase para nada intencionada la afirmación. El hombre se rascó la nunca. ¿Estaba incómodo? -Oye, Jack, muchas gracias por venir, de verdad. No te miento si te digo que realmente me está costando un poco hablar contigo ¿Sabes? Sólo quiero que te sientas bien aquí- A Jack le llamó la atención aquellas palabras -Me refiero a que... hablar contigo es como hablar con un desconocido. Hace tantos años que no nos vemos... Cuando nos mudamos a otra ciudad, pensé que regresaríamos pronto a Dawnside Hill y que volveríamos a vernos. Perdona si de niña alguna vez te dije que así sería. Seguramente, mi madre me mintió para que estuviese más conforme con nuestra marcha- sonrió la chica, imaginando la clase de rabietas que de niña tenía -Por cierto, puede que mis padres estén un poco... distintos. Han cambiado mucho en estos años, no se lo tengas en cuenta. Están deseando volver a verte, como aquel día, en el primer cumpleaños al que te invité- Jack sonrió y yo lo hice con él. Por un momento, me dio pena tener que sonsacarle... ciertos temas en el final de la cena. Por desgracia, no me quedaba más remedio.
Al llegar a casa, Harold Miller recibió con los brazos abiertos a Jack, cosa que tomó por sorpresa tanto a Diana como a su hija. Tanta hospitalidad en un hombre tan frío hizo que Rose frunciera el ceño con extrañeza. -¡Jack! Cuanto tiempo ¡Mírate! Estas hecho todo un hombre. Me cuesta compararte con aquel niño silencioso que eras antes- Harold golpeó un par de veces los brazos del hombre al decir aquello, y en ningún momento borró la sonrisa de su rostro ya arrugado. -Pasa, por favor. Mi mujer ha hecho un pollo asado exquisito. Seguro que te gustará- Sin apartar su mano del brazo de Jack, lo acompañó hasta el comedor y le ofreció asiento. Rose los siguió, optando por sentarse al lado de su invitado a lo largo de la enorme mesa larga de cristal. Odiaba admitir que ella tambien empezaba a sentirse incómoda.
-Bueno, entonces ¿Empezamos?- preguntó, intentando que su padre dejase de sonreír tanto.
-Oh, no. No podemos aún. Falta nuestro otro invitado- Rose se quedó congelada un instante al oir aquello.
-¿Otro invitado? ¿Quien?- Con los ojos entornados, no pudo evitar lanzar una mirada acusativa a su padre. Y justo en ese instante, sonó el grave timbre de la puerta. Alguien había llamado, tras ser invitado a entrar en la urbanización por el guarda sin necesidad si quiera de que le diésemos a éste permiso. Harold anduvo rápido hacia la puerta. Todos pudieron oirle desde el comedor saludar efusivamente al invitado, cuya voz Rose desconocía. Pero la voz de su padre... ese sí era su tono real. No estaba fingiendo su alegría.
Harold llegó primero al comedor, y tras él, un hombre elegante de ojos azules y pelo negro como la noche, elegantemente peinado hacia detrás. Todo en él brillaba con luz propia... como hacía más de diez años. Rose se puso en pie sin saber qué decir. No podía ser verdad. -William...-
Después de aquello, Rose volvió a las oficinas del periódico con las manos vacías. Siguió trabajando con sus estúpidas y sosas columnas de opinión o investigación, las cuales cada vez le parecían menos interesantes e incluso más machistas para los tiempos que empezaban a correr. De vez en cuando, pausaba su trabajo para pensar, soñar despierta. ¿Llamaría Jack o solo había aceptado cenar con ella por mostrar cordialidad? Le interesaba su información, le interesaba sacar adelante lo que podría ser el titular del año, y de paso, conocer que le había ocurrido a su antiguo amigo en aquellos años. Era consciente de que sonaba egoísta. Supuso que la sangre de su padre corría demasiado por sus venas...
-Eh, toma. El número de hoy.- Bobby, el nuevo chico de los cafés, lanzó el periódico del día contra la mesa. -El titular de la portada da escalofríos- aseguró justo antes de marcharse para seguir repartiendo más cafés a los trabajadores próximos al puesto de trabajo de la chica. Sin pensarlo dos veces, tomó el periódico y lo desplegó. Las letras negras aún tintaban las yemas de los dedos, tan enormes que era difícil leer otra cosa que no fueran ellas. ''Dos jóvenes de Dawnside Hill desaparecidas en la noche de ayer''. Rose pestañeó dos veces y frunció el ceño. Después, pasó a leer el subtitulo. ''Los familiares de Ann Galden y Gina Partolw, de veintitrés y veintiséis años respectivamente, denunciaron a las autoridades la desaparición después de que ambas terminasen su turno laboral. La familia esclareció que ambas no se conocían y advierten que ninguna de las dos desaparecería de manera voluntaria''. Rose tomó aire después de leer aquello. ¿Tendría algo que ver con la muerte de Jaime, el chico de la sobredosis? Quizás no, pero sin duda, el caso era igual de estremecedor. ¿Había un secuestrador en Dawnside Hill? Le daba miedo pensarlo.
En vez de apartar el periódico, siguió leyendo. Estaba aburrida, en mitad de un bloqueo con su actual artículo. Pensó que leer otras cosas le ayudaría. Cuando dejó atrás el primer artículo, se encontró con ''La huelga de los trabajadores de las minas''. Su padre era inversor de aquellas extracciones, de manera que debía estar afectado. Realmente le daba igual. Su padre era independiente, demasiado. Los problemas que él tuviese, poco le afectarían a ella. Volvió a pasar las páginas y leyó las columnas. Ese día no figuraba su nombre en ellas, pues no le tocaba por contrato algunos días. En su lugar, una compañera que se encargaba de temas más cotillas, escribió un pequeño artículo en una de las últimas páginas, en la columna de la derecha. ''Los Winter regresan a Dawnside Hill''. Rose abrió muchísimo los ojos al leer aquello y dejó el periódico sobre la mesa. Qué casualidad.
Aquel día, regresó a casa un poco tarde pero a tiempo. Justo en el momento en el que dejaba el bolso y el abrigo colgados del perchero que había junto a la puerta principal, el teléfono que se hallaba al final del primer pasillo empezó a sonar. Rose se lanzó a por él, como lo había hecho durante los cuatro días anteriores. Aquella, por fin, fue la llamada que estaba esperando. -¡Jack!- Al oír aquello, Diana asomó su repeinada cabeza desde la puerta de la cocina, con el rostro un tanto extrañado. -Claro, claro. No pasa nada- Incapaz de controlar su curiosidad, la mujer se acercó aun más a su hija, intentando oír lo que decía la voz al otro lado del auricular. -¿Qué te parecería cenar mañana?... Sí, no te preocupes. Mis padres estarán encantados de volver a verte- Diana puso aún más cara de asombro. Intentó quitarle el teléfono a Rose, pero no pudo, dado que la chica predijo sus intenciones y se apartó. -Hasta mañana, Jack- Tras decir aquello colgó el teléfono y colocó sus manos sobre la cintura. -¿Qué quieres mamá?-
-¿Quien es ese Jack al que me alegraré de ver?-
-Jack, Jack Kane. No conocemos a otro Jack-
-¡¿Como?! ¿Jack Kane? Ni hablar. Se dicen cosas horribles de su familia-
-¿Y a mi qué? Era mi amigo-
-Era. Tú misma lo has dicho. Llamale ahora mismo y dile que no estamos interesados en cenar con él-
-Ni hablar, mamá. ¿A caso quieres que se comente por la ciudad que fuiste tan desagradable con un muchacho cualquiera?-
-¡Ese es el problema! Es un muchacho cualquiera. Rose, tu mereces estar con alguien más... como nosotros. De nuestro nivel- Al oír aquello, la chica puso los ojos en blanco. Estaba harta de los niveles, las jerarquías, las clases y las diferencias.
-Mamá, antes no eras así. Cuando yo era pequeña, Jack venía a casa de vez en cuando. Era un buen amigo. Y su madre era muy amable con nosotros.-
-Antes tu padre no tenía el trabajo que ahora tiene-
-Me da igual. El trabajo de papá no significa nada para mí ni debería significar nada para ti. ¿De acuerdo? Jack va a venir a cenar con nosotros, vamos a pasar una noche fantástica recordando viejos tiempos y sin hablar de trabajo. Y no pienso discutir ni negociar, así que llama a papá e informale de que tiene que tachar la noche de mañana en su apretada agenda- Al decir aquello, Rose se fue del pasillo en dirección a las escaleras que dirigían hacia su habitación. Por supuesto, no era bueno contarle que tenía otros planes con Jack a su madre. Diana podría ser demasiado inmiscuida. La mujer se quedó pensativa, aun cerca del teléfono. Se recolocó tras la oreja un mechón de pelo rubio y suspiró. -Supongo que tendré que lucirme en la cocina al menos. Que no se diga que los Miller no son hospitalarios- Rose pudo oírla aún desde la planta de arriba, lo que arrancó un suspiro enorme en ella. Las apariencias eran lo más importante para su madre... lo detestaba.
La noche de la cena llegó. A la habitación de Rose llegaba el agradable olor del pollo asado de su madre mientras ella terminaba de arreglarse. En su armario abierto podría apreciarse la cantidad exagerada de vestidos elegantes y casuales con los que contaba, los jerseys de suave lana de calidad y los zapatos que brillaban con el reflejo de la lámpara. Sin embargo, decidió vestirse con ropajes más normales. Sabía que la familia Kane nunca había sido una familia con un exceso de bienestar económico y a juzgar por las pintas de Jack en el Set, adivinaba que se sentiría más cómodo si ella no vestía como sus padres realmente desearían.
El teléfono sonó. El guarda de la urbanización avisaba de que un joven esperaba a las puertas de la misma, asegurando ser invitado por los Miller. Rose salió disparada de su habitación en dirección a la puerta, pero antes de irse, lanzó una mirada de advertencia a sus padres -Ya os lo he dicho, pero lo vuelvo a repetir. No quiero que se sienta incómodo, no quiero que lo atosiguéis con vuestros problemas laborales. Sólo vamos a hablar de los años que llevamos sin vernos ¿De acuerdo?-
-Tranquila, Rose. Ya lo sabemos- sonrió su padre, ajustándose unos gemelos de oro en las mangas de la camisa. A la chica le pareció que se estaba arreglando demasiado, pero no le dio excesiva importancia.
Al llegar a la entrada de la urbanización, el guarda abrió la reja y permitió a Jack entrar. Justo como Rose pensó, vestía ropa sencillas, aunque mejores a las que usó en el Set. Ataviado con unos pantalones oscuros y una camiseta blanca semi oculta bajo una chaqueta de cuero brillante y sin logos, saludó algo inseguro. -¡Jack! Me alegra verte. Vamos, ven. Mi casa esta justo al final- El hombre lanzó una mirada rápida a todo el lugar. Las enormes mansiones se situaban una junto a la otra, pero ligeramente separadas por frondosos jardines con sistema de regado automático. Los coches de las familias brillaban a la luz de la luna, así como las cuidadas flores que adornaban el perfecto y pulido alquitrán de las anchas calles que delimitaban la zona. -¿Es bonita verdad? A mi padre... le fueron bien los negocios, supongo. Decidimos mudarnos aquí cuando quisimos regresar. Dicen que es la zona más segura de toda la ciudad. Y la verdad, me alegra que así sea. Están pasando... cosas últimamente- dijo, intentando que no sonase para nada intencionada la afirmación. El hombre se rascó la nunca. ¿Estaba incómodo? -Oye, Jack, muchas gracias por venir, de verdad. No te miento si te digo que realmente me está costando un poco hablar contigo ¿Sabes? Sólo quiero que te sientas bien aquí- A Jack le llamó la atención aquellas palabras -Me refiero a que... hablar contigo es como hablar con un desconocido. Hace tantos años que no nos vemos... Cuando nos mudamos a otra ciudad, pensé que regresaríamos pronto a Dawnside Hill y que volveríamos a vernos. Perdona si de niña alguna vez te dije que así sería. Seguramente, mi madre me mintió para que estuviese más conforme con nuestra marcha- sonrió la chica, imaginando la clase de rabietas que de niña tenía -Por cierto, puede que mis padres estén un poco... distintos. Han cambiado mucho en estos años, no se lo tengas en cuenta. Están deseando volver a verte, como aquel día, en el primer cumpleaños al que te invité- Jack sonrió y yo lo hice con él. Por un momento, me dio pena tener que sonsacarle... ciertos temas en el final de la cena. Por desgracia, no me quedaba más remedio.
Al llegar a casa, Harold Miller recibió con los brazos abiertos a Jack, cosa que tomó por sorpresa tanto a Diana como a su hija. Tanta hospitalidad en un hombre tan frío hizo que Rose frunciera el ceño con extrañeza. -¡Jack! Cuanto tiempo ¡Mírate! Estas hecho todo un hombre. Me cuesta compararte con aquel niño silencioso que eras antes- Harold golpeó un par de veces los brazos del hombre al decir aquello, y en ningún momento borró la sonrisa de su rostro ya arrugado. -Pasa, por favor. Mi mujer ha hecho un pollo asado exquisito. Seguro que te gustará- Sin apartar su mano del brazo de Jack, lo acompañó hasta el comedor y le ofreció asiento. Rose los siguió, optando por sentarse al lado de su invitado a lo largo de la enorme mesa larga de cristal. Odiaba admitir que ella tambien empezaba a sentirse incómoda.
-Bueno, entonces ¿Empezamos?- preguntó, intentando que su padre dejase de sonreír tanto.
-Oh, no. No podemos aún. Falta nuestro otro invitado- Rose se quedó congelada un instante al oir aquello.
-¿Otro invitado? ¿Quien?- Con los ojos entornados, no pudo evitar lanzar una mirada acusativa a su padre. Y justo en ese instante, sonó el grave timbre de la puerta. Alguien había llamado, tras ser invitado a entrar en la urbanización por el guarda sin necesidad si quiera de que le diésemos a éste permiso. Harold anduvo rápido hacia la puerta. Todos pudieron oirle desde el comedor saludar efusivamente al invitado, cuya voz Rose desconocía. Pero la voz de su padre... ese sí era su tono real. No estaba fingiendo su alegría.
Harold llegó primero al comedor, y tras él, un hombre elegante de ojos azules y pelo negro como la noche, elegantemente peinado hacia detrás. Todo en él brillaba con luz propia... como hacía más de diez años. Rose se puso en pie sin saber qué decir. No podía ser verdad. -William...-
Llegó rápido, como de costumbre. Jack no era precisamente de los que más hacían el loco por la carretera si se le comparaba con sus compañeros y colegas del Set, pero en cuestiones de encargos, era una bala. Cuando apareció por el local, como de costumbre, le golpeó el pecho el intenso olor del tabaco y la cerveza. El Set era un local no demasiado amplio, pero acogedor. Todo el interior, incluso los muebles, la barra y demás, era de una madera bien cuidada, oscura, de color caoba. Varias lámparas colgaban de la pared dando luminosidad al local por las noches mientras que por el día se valía de la luz natural de la calle, pues las ventanas eran amplias. Una medida un tanto atrevida teniendo en cuenta la clase de chanchullos que se movían por ahí, pero llamaba menos la atención a la policía si mostraban que tenían poco o nada que ocultar. Esa mañana había negocio. En la barra había tres tipos que Jack no conocía de nada. Tenían pinta de civiles comunes, tipos que habían salido del trabajo o simplemente habían pasado de ir. Los tres rondaban los cincuenta años y estaban borrachos ya a aquellas horas. Por otro lado estaba la mesa de billar y tras ella, en la pared, se podía apreciar la diana de los dardos. El gordo Jim Black estaba jugando una partida con Adam Norton. Jim debía de rondar los cuarenta y pico y Adam los treinta y poco, ambos vestidos de negro, con chaquetas de piel o cuerno. Adam era muy alto, con el pelo negro ondulado cayéndole sobre los hombros. A pesar de no estar remotamente gordo, era más ancho que Jim. Un monstruo, pensaba Jack, si se tenía que dar de leches con alguien. Allí faltaba personal, sin embargo. Percibía la ausencia de Chloe, Roland, Jason "Jass" Clark, Logan y por supuesto Bart "El Negro" Morgan. A Jack siempre le cayó bien Morgan. Era básicamente el segundo al mando, junto a Walter, ambos amigos de la infancia y en los cincuenta años de edad. Almas de la carretera, espíritus de cuero, fuego y gasolina. Sabios pero cabrones como ellos solos, unos tipos duros. También le gustaba el mote de Morgan. El Negro venía no en sí por la vestimenta, sino porque así Walter lo había decidido. Walter era un amante de la historia, le gustaban todas esas épocas pasadas y cuando conoció a Morgan y supo que su nombre era Bartholomew, le recordó, decía, a un viejo pirata al que llamaban Bart el Negro, o Bartholomew Roberts para los hombres de la ley. A Morgan le gustó el verse comparado con un pirata y desde entonces abrazó el nombre. Jack podía jurar que en las calles al caer el sol, en los rincones oscuros donde casi nadie de buena cuna se atrevería a cruzar con una cartera llena de dinero, oir hablar de "El Negro" hacía que mucho de esos navajeros de pacotilla se echasen a temblar -Coño, por fin te dejas ver- dijo de pronto Walter, saliendo de una puerta que daba al almacén -¿Cómo estás, chaval?- Jack meneó la cabeza con duda para recibir un manotazo de Walter en el hombro -Ese es mi chico- bastaba con verlos para saber que Walter había adoptado el papel de figura pseudopaterna con Jack. Desde que era un muchacho y entró en los Skulls como miembro oficial tras haberse ganado el derecho haciendo según qué trabajos, Walter se interesó en él, en su juventud, en sus motivaciones y su determinación. Cuando supo la historia de Jack, automáticamente lo tomó bajo su ala y le enseñó y aconsejó todo cuanto sabía y podía. A día de hoy, seguía viendo a Jack como un cachorro, pero no era en absoluto así. Jack ya sabía más que suficiente, ya había hecho más que suficiente, y estaba cansado, quemado, abotargado. Cada día que pasaba haciendo chanchullos más se recordaba a su padre cuando se miraba al espejo y eso, oh, eso le quemaba el alma desde las más profundas entrañas -Estás muy serio chico ¿Estás en condiciones para...?-
-Sí- dijo con un pesado suspiro -¿A quién hay que llevarle qué?-
-Los cabrones de Mendez. Quieren un par de kilos de nieve para ya-
-Entonces es una venta, no un intercambio- gruñó Jack
-Venga Jackie, no me jodas. Es un intercambio- rió Walter -Polvos mágicos por dinero-
-No me jodas con esto tú, Walt ¿Tengo que ir a por Amy luego, con algún tiznón de coca?- Walter chistó con mirada severa
-Calla, chico. Te recuerdo que aquí hay tres individuos que desconocemos por completo-
-Ya, ya los he visto- bufó
-Anda, será un momento y está bien empaquetada. Necesitamos el dinero. Tú sobre todo, para tu hermana, para que podáis vivir. Por tu madre, chico- apeló a sus sentimientos y Jack asintió despacio. Siempre, para Walter, resultaba fácil convencerle con esas palabras. Jack confiaba en él, a pesar de que según el prisma en el que contemplara la situación estaba cansado de llevar una vida en la que podían apartarle de Amy y meterlo en la carcel, dejando a la chica sola en el mundo. Los Skulls sin embargo eran una familia y cuando había necesidad, todos arrimaban el hombro por un hermano, pero la situación de Jack era distinta. Se trataba de vivir el día a día y precisamente el resto del grupo no es que estuviera montado en el dolar. La economía de los Skulls se basaba en el contrabando y cualquier otra clase de favor que pudieran cobrar y por lo general había tendencia a que el que lo realizaba se llevaba la mayor parte de los beneficios. Walter era el que más alto aspiraba, Morgan todo lo contrario. Y ese era un conflicto que a todos los tenía de cabeza y en situaciones económicas delicadas -Ve al almacén. En un bolso. Cógelo y llévalo. Te esperarán en el parque Bright- Jack volvió a asentir y se fue al almacén del que previamente había salido Walter. En ese instante, fue cuando entró una chica.
No se esperaba a un gran número de asistentes a aquella hora y quizá fue por eso por el que todas las miradas se posaron en ella, básicamente, porque no era una figura ennegrecida por una chaqueta de cuero. Su aspecto llamó la atención, quizá demasiado, en un lugar como aquel. Rose anduvo con cierto aire despreocupado, tratando de mantener una postura confiada y no mostrar su evidente desagrado por el olor del lugar. Miró distraidamente a su alrededor. A ojos de los moteros y los tres borrachos de la barra, la chica parecía simplemente perdida o preguntándose cómo demonios había acabado ahí. Sin embargo ella sólo contemplaba, observaba y dilucidaba quién podría ser, de entre todos ellos, el que suministrara las drogas. No había que ser muy avispado para darse cuenta de quienes eran los dueños de las motos que había fuera, así que distraidamente optó por acercarse a ellos. Fue Jim el primero en verla llegar. Dejó el taco de billar en la mesa y se repeinó el flequillo. Anduvo un poco rodeando la mesa hacia Rose con el porte más sexy que podía aportar, prácticamente nulo. Adam le seguía con la mirada, con una media sonrisa reveladora. Walter, a su vez, igual. Se quedó junto a Adam observando el cortejo del cerdo común, como solía decir para mofarse de Jim -Hola- dijo el gordo -¿Se te ha perdido algo por estos lares, pichoncita?- aquella última palabra hizo que Walter y Adam se miraran, se cruzaran de brazos y fruncieran los labios y el entrecejo, como si algo les hubiese dolido. Ya no había vuelta atrás. Rose arqueó una ceja. No era por el físico de Jim, sino su forma de mirarla, ese intento de sonrisa seductora. La pose de macho dominante aún cuando medía poco más que ella y no era particularmente alta aún así. Se atrevió a decir sin embargo que quería información, pues tenía intereses que intuía podría sacar de ese local -¿Ah sí?- preguntó intenso, mirándola como si la pudiese derretir con rayos láser en su mirada -Y dime, bombón ¿Qué interés te trae aquí? El Set es un lugar de... bueno, ya sabes. Tíos duros- trataba de fingir una voz cavernosa y seca que no le pertenecía. A los otros dos les costaba aguantar la risa -¿Es eso lo que buscas? ¿Son tus intereses los tíos duros, así, rocosos como yo?- Rose se llevó una mano a los labios y carraspeó, incómoda, pero sin sentirse intimidada. Jim era más blando que un algodón de azucar. No había nada rocoso en él, salvo su autoestima, al parecer. La chica se vio obligada a pararle los pies diciendo claramente lo que buscaba. Decía querer divertirse un poco, quizá montar una fiestecilla... y necesitaba material -¿Un estriper? Yo podría...- algo para animar la fiesta, prosiguió. Algo de sustancia. Y fue la palabra "sustancia" la que activó las alarmas. Walter dejó de reir y se aproximó a la pareja
-Vamos Jim, deja a la señorita. Ya se va- dijo poniendo su mano en el hombro de su compañero
-Eh, que estamos hablando- se quejó Jim
-Antes. Ya no. Vamos, Adam te espera para acabar la partida- el tono de advertencia hizo que Jim asintiera y se marchase, no sin antes volver a mirar a Rose y hacer como que cogía un teléfono y se lo llevaba al oido. Masculló un "Llámame" que trató de ser disimulado y seguramente, de nuevo, seductor al guiñarle el ojo. No lo logró. Ni seducirla ni hacerla pensar en llamarle. Tampoco le había ofrecido su número de teléfono. No obstante Jim caía bien. A todo el mundo le caía bien y a Rose le terminó por resultar adorable, era como un niño que se creía superhéroe -¿Me dice su nombre, señorita?- preguntó Walter con toda la educación y cortesía que poseía. Al darle su nombre, Rose pensó que se aproximaba a conseguir lo que quería. Craso error -Bien, Rose- Walter miró a todas direcciones y se inclinó ligeramente hacia ella, con tono de voz bajo -Me temo que se está usted equivocando. Aquí no hay más sustancia que cerveza, agua de fregar... y algún que otro donut que habrá rodado por el suelo por culpa de Jim. Hágase un favor y no pregunte por cosas tan peligrosas en un lugar como este- Rose quiso ser atrevida y preguntó a Walter si es que acaso eran peligrosos. Walter no dijo que sí, ni que no. Simplemente se irguió y dejó que una pequeña calavera quebrada con la serpiente envolviéndola brillara en la chaqueta, un pin. No era la primera vez que la chica oía hablar de los Skulls y de ciertos rumores. Tampoco era imbécil y sabía que sí eran peligrosos y más si eran los que se ocupaban de la droga en Dawnside Hill -Por favor, márchese. No queremos que se nos confunda con vulgares delincuentes, ni quisiera que se llevara una mala impresión- dijo, sin más, sin ser agresivo pero con un más que notorio deje de autoridad en la voz. Le estaba ordenando claramente que se fuera de una vez y no volviese a preguntar. Ella no se quedó conforme, por supuesto. Se acercó a la barra en lugar de irse y pidió al hombre que allí estaba, de unos 60 años, que le pusiera algo de beber. Los borrachos no dejaban de mirarla y de cuchichear sin pestañear. El camarero era el tal Set, un judío que poco más tenía que el bar. Le puso una botella de cerveza a la chica en la cara. Elegantemente pagó el sorprendente precio tan bajo que cobraban allí y se sentó en una mesa alejada del resto de habitantes del bar, no sin antes dedicar una última mirada a Walter, brindarle muy, muy cortesmente la cerveza y dar un trago. No era una remilgada y quizá si demostraba ser más dura que el resto, que no estaba allí para bromas y que no le importaba beberse una cerveza como un borracho cualquiera, tal vez accedieran a creer que realmente quería comprar droga y no escarvar basura.
Las cosas no podían salir bien, no siempre al menos. Y aquella fue una de esas ocasiones. Mientras se tomaba la cerveza comprobó que alguien salió del almacén. Un muchacho no mucho más mayor que ella hizo acto de presencia y por aquella chaqueta negra podía deducir que era otro más del grupo de moteros. Los estuvo mirando de forma disimulada, con cuidado de no ser demasiado descarada, hasta que le interrumpieron aquellos tres hombres -Eh, guapa- sonrió uno -¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?- mientras ese hablaba, los otros dos tomaron asiento. Rose trató de mantener la calma, no tenía por qué pasar nada -Yo soy Hugo, él es Alan y éste es Jessie- mientras Rose miraba a los que se sentaron, el tal Hugo hizo lo mismo
-Oye, estás buena eh- observó Alan, recorriéndola con la mirada
-Guarda modales tío, la vas a espantar- gruñó Jessie
-¿Espantar? ¿Estás de coña?- se mofó Alan -Si está aquí para eso- Rose sintió la fría punzada de los nervios en la nuca. Alzó ligeramente la vista del botellín para comprobar que nadie en el bar le hacía el menor caso, salvo aquellos tres que empezaban a resultar molestos. Rose, con educación, trató de explicarles aunque no fuera necesario que ella sólo estaba de paso y no buscaba ligar
-¿Cómo que no?- se ofendió Hugo, sin razón alguna -¿Vienes a este antro, una chica como tú, y no es para buscar algo que llevarte a la boca? Todas las mujeres sois iguales ¡Toooooodas! ¿Qué os costará admitir que queréis echar un polvo y dejáis de ponérnoslo difícil?- Rose estaba realmente sorprendida ante la actitud de tres hombres que con unos años más podrían haber sido su padre -Venga, conmigo puedes ser sincera-
-Eh, y conmigo- Alan alargó la mano y la posó sobre la de Rose, que la apartó -¡No seas borde, guarra! ¿No te jode, la tía?- Hugo y Jessie rieron. La joven decidió que ya había tenido suficiente y que era mejor marcharse del lugar y probar otro día, pero Hugo la tomó violentamente del brazo
-Siéntate- ordenó -No te hagas de rogar. Vamos a hablar un poquito y decide con quién te vas de los tres-
-¡O con los tres!- rió Jessie
-¿Qué pasa allí?- preguntó Jack, observando por fin desde lejos, aunque Walter le hablara del trabajo sin parar
-Ah, nada. Los borrachos esos con una chica-
-¿Una chica? ¿Qué chica?-
-Una que ha venido antes- suspiró Jim -Guapísima. Un pivón. Pero...- chasqueó la lengua -No me daba buena espina y la dejé pasar. Y mira que me miraba con deseo. Yo puedo aspirar a más, con más clase-
-La están acosando tío- se quejó Jack
-Déjala en paz. Es extraña. Ha venido pidiendo droga, así como así. Me huele a policía, un truco, o sabe Dios- Jack hizo amago de acercarse -Déjalo estar. Se asustará y se irá. Están borrachos y no podrán hacerle nada- pese a la petición de Walter, Jack tomó la decisión -¡Jackie, el trabajo, joder!- dijo mientras veía al joven acercarse hasta la mesa. Allí, Jack pudo ver de cerca a la chica y se puso blanco. Aquellos ojos. Aquella cara. Esa expresión de repentina soledad, viéndose rodeada por esos tres que la molestaban. Rose. Era ella.
-¿Quieres algo, tú?- el valiente Hugo se puso en pie al notar a Jack tras ellos -¿O es que eres el novio de esta? Voy a informarte de algo, resulta que tu piva es una calienta...-
-Es hora de que os vayais- concluyó Jack -Por las buenas, por favor. Coged vuestras chaquetas e idos y no volváis a molestar a la señorita-
-Oh... ¡Ooooooh!- Jessie dio una palmada bien sonora -¡Pues sí que es el novio!-
-No soy su novio. Sólo una especie de encargado del local. No queremos molestias para los clientes y vosotros ya habéis acabado vuestras bebidas. Por favor, dejadla en paz-
-¿Ah, sí? Pues no serás tan gallito si te pido otra cerveza. Y paga la piva. Ella nos quiere ¡Quiere follarnos, tío!- Hugo le dio una palmada en el pecho a Jack. Éste se miró la chaqueta y se la arregló -Así que venga, encargado de local ¡Lo mío!- exigió
-Encantado- sonrió un instante antes de agarrarle de la cabeza y estrellarlo contra la mesa. La nariz se le quebró como un palito en las fauces de un hipopótamo. La sangre no tardó en salir mientras el tío sollozaba. Sus compañeros borrachos no tardaron en cogerlo del brazo y poner pies en polvorosa. Huyeron dejando el local sumido en un completo silencio. Jack cogió rápidamente servilletas de papel de la mesa y limpió la sangre con sospechosa velocidad y pulcritud. Rose estaba boquiabierta ante lo que acababa de suceder. Se imaginaría por un instante en esa situación de haber provocado de más a Walter con el tema de la droga. Fue sabia al limitarse a pedir una cerveza. Guardó entereza sin embargo y mirando a Jack le dio las gracias, aunque dijo poder haberse ocupado ella sola sin necesidad de violencia. Eran tres cincuentones borrachos, simplemente -Lo siento, no tenía intención de resultar espontáneo ni de causar escándalo- Rose arqueó la ceja. Había fallado estrepitosamente entonces -Pero resultó que eras tú- dijo, acabando de limpiar y mirándola a los ojos. La chica ladeó ligeramente la cabeza ¿Es que ahora vivía en una historia de amor en el que el malote motero se enamoraba a primera vista de ella? -No pensé que volverías por aquí, por Dawnside Hill, Rose- conocía su nombre, pero él a ella no ¿O sí? ¿Quién...? -No te acuerdas de mí- sonrió el muchacho con calidez. Muchos se habrían ofendido pero él se sintió ligeramente alegre. Significaba que no le había necesitado allí donde fuera que se mudó cuando eran pequeños -Soy Jack, Jack Kane- se mantuvieron la mirada -Y no es la primera vez que te quito de encima a un acosador o abusón a base de palos- rió un poco y vio que en ese momento, la chica abría los ojos como platos.
-Sí- dijo con un pesado suspiro -¿A quién hay que llevarle qué?-
-Los cabrones de Mendez. Quieren un par de kilos de nieve para ya-
-Entonces es una venta, no un intercambio- gruñó Jack
-Venga Jackie, no me jodas. Es un intercambio- rió Walter -Polvos mágicos por dinero-
-No me jodas con esto tú, Walt ¿Tengo que ir a por Amy luego, con algún tiznón de coca?- Walter chistó con mirada severa
-Calla, chico. Te recuerdo que aquí hay tres individuos que desconocemos por completo-
-Ya, ya los he visto- bufó
-Anda, será un momento y está bien empaquetada. Necesitamos el dinero. Tú sobre todo, para tu hermana, para que podáis vivir. Por tu madre, chico- apeló a sus sentimientos y Jack asintió despacio. Siempre, para Walter, resultaba fácil convencerle con esas palabras. Jack confiaba en él, a pesar de que según el prisma en el que contemplara la situación estaba cansado de llevar una vida en la que podían apartarle de Amy y meterlo en la carcel, dejando a la chica sola en el mundo. Los Skulls sin embargo eran una familia y cuando había necesidad, todos arrimaban el hombro por un hermano, pero la situación de Jack era distinta. Se trataba de vivir el día a día y precisamente el resto del grupo no es que estuviera montado en el dolar. La economía de los Skulls se basaba en el contrabando y cualquier otra clase de favor que pudieran cobrar y por lo general había tendencia a que el que lo realizaba se llevaba la mayor parte de los beneficios. Walter era el que más alto aspiraba, Morgan todo lo contrario. Y ese era un conflicto que a todos los tenía de cabeza y en situaciones económicas delicadas -Ve al almacén. En un bolso. Cógelo y llévalo. Te esperarán en el parque Bright- Jack volvió a asentir y se fue al almacén del que previamente había salido Walter. En ese instante, fue cuando entró una chica.
No se esperaba a un gran número de asistentes a aquella hora y quizá fue por eso por el que todas las miradas se posaron en ella, básicamente, porque no era una figura ennegrecida por una chaqueta de cuero. Su aspecto llamó la atención, quizá demasiado, en un lugar como aquel. Rose anduvo con cierto aire despreocupado, tratando de mantener una postura confiada y no mostrar su evidente desagrado por el olor del lugar. Miró distraidamente a su alrededor. A ojos de los moteros y los tres borrachos de la barra, la chica parecía simplemente perdida o preguntándose cómo demonios había acabado ahí. Sin embargo ella sólo contemplaba, observaba y dilucidaba quién podría ser, de entre todos ellos, el que suministrara las drogas. No había que ser muy avispado para darse cuenta de quienes eran los dueños de las motos que había fuera, así que distraidamente optó por acercarse a ellos. Fue Jim el primero en verla llegar. Dejó el taco de billar en la mesa y se repeinó el flequillo. Anduvo un poco rodeando la mesa hacia Rose con el porte más sexy que podía aportar, prácticamente nulo. Adam le seguía con la mirada, con una media sonrisa reveladora. Walter, a su vez, igual. Se quedó junto a Adam observando el cortejo del cerdo común, como solía decir para mofarse de Jim -Hola- dijo el gordo -¿Se te ha perdido algo por estos lares, pichoncita?- aquella última palabra hizo que Walter y Adam se miraran, se cruzaran de brazos y fruncieran los labios y el entrecejo, como si algo les hubiese dolido. Ya no había vuelta atrás. Rose arqueó una ceja. No era por el físico de Jim, sino su forma de mirarla, ese intento de sonrisa seductora. La pose de macho dominante aún cuando medía poco más que ella y no era particularmente alta aún así. Se atrevió a decir sin embargo que quería información, pues tenía intereses que intuía podría sacar de ese local -¿Ah sí?- preguntó intenso, mirándola como si la pudiese derretir con rayos láser en su mirada -Y dime, bombón ¿Qué interés te trae aquí? El Set es un lugar de... bueno, ya sabes. Tíos duros- trataba de fingir una voz cavernosa y seca que no le pertenecía. A los otros dos les costaba aguantar la risa -¿Es eso lo que buscas? ¿Son tus intereses los tíos duros, así, rocosos como yo?- Rose se llevó una mano a los labios y carraspeó, incómoda, pero sin sentirse intimidada. Jim era más blando que un algodón de azucar. No había nada rocoso en él, salvo su autoestima, al parecer. La chica se vio obligada a pararle los pies diciendo claramente lo que buscaba. Decía querer divertirse un poco, quizá montar una fiestecilla... y necesitaba material -¿Un estriper? Yo podría...- algo para animar la fiesta, prosiguió. Algo de sustancia. Y fue la palabra "sustancia" la que activó las alarmas. Walter dejó de reir y se aproximó a la pareja
-Vamos Jim, deja a la señorita. Ya se va- dijo poniendo su mano en el hombro de su compañero
-Eh, que estamos hablando- se quejó Jim
-Antes. Ya no. Vamos, Adam te espera para acabar la partida- el tono de advertencia hizo que Jim asintiera y se marchase, no sin antes volver a mirar a Rose y hacer como que cogía un teléfono y se lo llevaba al oido. Masculló un "Llámame" que trató de ser disimulado y seguramente, de nuevo, seductor al guiñarle el ojo. No lo logró. Ni seducirla ni hacerla pensar en llamarle. Tampoco le había ofrecido su número de teléfono. No obstante Jim caía bien. A todo el mundo le caía bien y a Rose le terminó por resultar adorable, era como un niño que se creía superhéroe -¿Me dice su nombre, señorita?- preguntó Walter con toda la educación y cortesía que poseía. Al darle su nombre, Rose pensó que se aproximaba a conseguir lo que quería. Craso error -Bien, Rose- Walter miró a todas direcciones y se inclinó ligeramente hacia ella, con tono de voz bajo -Me temo que se está usted equivocando. Aquí no hay más sustancia que cerveza, agua de fregar... y algún que otro donut que habrá rodado por el suelo por culpa de Jim. Hágase un favor y no pregunte por cosas tan peligrosas en un lugar como este- Rose quiso ser atrevida y preguntó a Walter si es que acaso eran peligrosos. Walter no dijo que sí, ni que no. Simplemente se irguió y dejó que una pequeña calavera quebrada con la serpiente envolviéndola brillara en la chaqueta, un pin. No era la primera vez que la chica oía hablar de los Skulls y de ciertos rumores. Tampoco era imbécil y sabía que sí eran peligrosos y más si eran los que se ocupaban de la droga en Dawnside Hill -Por favor, márchese. No queremos que se nos confunda con vulgares delincuentes, ni quisiera que se llevara una mala impresión- dijo, sin más, sin ser agresivo pero con un más que notorio deje de autoridad en la voz. Le estaba ordenando claramente que se fuera de una vez y no volviese a preguntar. Ella no se quedó conforme, por supuesto. Se acercó a la barra en lugar de irse y pidió al hombre que allí estaba, de unos 60 años, que le pusiera algo de beber. Los borrachos no dejaban de mirarla y de cuchichear sin pestañear. El camarero era el tal Set, un judío que poco más tenía que el bar. Le puso una botella de cerveza a la chica en la cara. Elegantemente pagó el sorprendente precio tan bajo que cobraban allí y se sentó en una mesa alejada del resto de habitantes del bar, no sin antes dedicar una última mirada a Walter, brindarle muy, muy cortesmente la cerveza y dar un trago. No era una remilgada y quizá si demostraba ser más dura que el resto, que no estaba allí para bromas y que no le importaba beberse una cerveza como un borracho cualquiera, tal vez accedieran a creer que realmente quería comprar droga y no escarvar basura.
Las cosas no podían salir bien, no siempre al menos. Y aquella fue una de esas ocasiones. Mientras se tomaba la cerveza comprobó que alguien salió del almacén. Un muchacho no mucho más mayor que ella hizo acto de presencia y por aquella chaqueta negra podía deducir que era otro más del grupo de moteros. Los estuvo mirando de forma disimulada, con cuidado de no ser demasiado descarada, hasta que le interrumpieron aquellos tres hombres -Eh, guapa- sonrió uno -¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?- mientras ese hablaba, los otros dos tomaron asiento. Rose trató de mantener la calma, no tenía por qué pasar nada -Yo soy Hugo, él es Alan y éste es Jessie- mientras Rose miraba a los que se sentaron, el tal Hugo hizo lo mismo
-Oye, estás buena eh- observó Alan, recorriéndola con la mirada
-Guarda modales tío, la vas a espantar- gruñó Jessie
-¿Espantar? ¿Estás de coña?- se mofó Alan -Si está aquí para eso- Rose sintió la fría punzada de los nervios en la nuca. Alzó ligeramente la vista del botellín para comprobar que nadie en el bar le hacía el menor caso, salvo aquellos tres que empezaban a resultar molestos. Rose, con educación, trató de explicarles aunque no fuera necesario que ella sólo estaba de paso y no buscaba ligar
-¿Cómo que no?- se ofendió Hugo, sin razón alguna -¿Vienes a este antro, una chica como tú, y no es para buscar algo que llevarte a la boca? Todas las mujeres sois iguales ¡Toooooodas! ¿Qué os costará admitir que queréis echar un polvo y dejáis de ponérnoslo difícil?- Rose estaba realmente sorprendida ante la actitud de tres hombres que con unos años más podrían haber sido su padre -Venga, conmigo puedes ser sincera-
-Eh, y conmigo- Alan alargó la mano y la posó sobre la de Rose, que la apartó -¡No seas borde, guarra! ¿No te jode, la tía?- Hugo y Jessie rieron. La joven decidió que ya había tenido suficiente y que era mejor marcharse del lugar y probar otro día, pero Hugo la tomó violentamente del brazo
-Siéntate- ordenó -No te hagas de rogar. Vamos a hablar un poquito y decide con quién te vas de los tres-
-¡O con los tres!- rió Jessie
-¿Qué pasa allí?- preguntó Jack, observando por fin desde lejos, aunque Walter le hablara del trabajo sin parar
-Ah, nada. Los borrachos esos con una chica-
-¿Una chica? ¿Qué chica?-
-Una que ha venido antes- suspiró Jim -Guapísima. Un pivón. Pero...- chasqueó la lengua -No me daba buena espina y la dejé pasar. Y mira que me miraba con deseo. Yo puedo aspirar a más, con más clase-
-La están acosando tío- se quejó Jack
-Déjala en paz. Es extraña. Ha venido pidiendo droga, así como así. Me huele a policía, un truco, o sabe Dios- Jack hizo amago de acercarse -Déjalo estar. Se asustará y se irá. Están borrachos y no podrán hacerle nada- pese a la petición de Walter, Jack tomó la decisión -¡Jackie, el trabajo, joder!- dijo mientras veía al joven acercarse hasta la mesa. Allí, Jack pudo ver de cerca a la chica y se puso blanco. Aquellos ojos. Aquella cara. Esa expresión de repentina soledad, viéndose rodeada por esos tres que la molestaban. Rose. Era ella.
-¿Quieres algo, tú?- el valiente Hugo se puso en pie al notar a Jack tras ellos -¿O es que eres el novio de esta? Voy a informarte de algo, resulta que tu piva es una calienta...-
-Es hora de que os vayais- concluyó Jack -Por las buenas, por favor. Coged vuestras chaquetas e idos y no volváis a molestar a la señorita-
-Oh... ¡Ooooooh!- Jessie dio una palmada bien sonora -¡Pues sí que es el novio!-
-No soy su novio. Sólo una especie de encargado del local. No queremos molestias para los clientes y vosotros ya habéis acabado vuestras bebidas. Por favor, dejadla en paz-
-¿Ah, sí? Pues no serás tan gallito si te pido otra cerveza. Y paga la piva. Ella nos quiere ¡Quiere follarnos, tío!- Hugo le dio una palmada en el pecho a Jack. Éste se miró la chaqueta y se la arregló -Así que venga, encargado de local ¡Lo mío!- exigió
-Encantado- sonrió un instante antes de agarrarle de la cabeza y estrellarlo contra la mesa. La nariz se le quebró como un palito en las fauces de un hipopótamo. La sangre no tardó en salir mientras el tío sollozaba. Sus compañeros borrachos no tardaron en cogerlo del brazo y poner pies en polvorosa. Huyeron dejando el local sumido en un completo silencio. Jack cogió rápidamente servilletas de papel de la mesa y limpió la sangre con sospechosa velocidad y pulcritud. Rose estaba boquiabierta ante lo que acababa de suceder. Se imaginaría por un instante en esa situación de haber provocado de más a Walter con el tema de la droga. Fue sabia al limitarse a pedir una cerveza. Guardó entereza sin embargo y mirando a Jack le dio las gracias, aunque dijo poder haberse ocupado ella sola sin necesidad de violencia. Eran tres cincuentones borrachos, simplemente -Lo siento, no tenía intención de resultar espontáneo ni de causar escándalo- Rose arqueó la ceja. Había fallado estrepitosamente entonces -Pero resultó que eras tú- dijo, acabando de limpiar y mirándola a los ojos. La chica ladeó ligeramente la cabeza ¿Es que ahora vivía en una historia de amor en el que el malote motero se enamoraba a primera vista de ella? -No pensé que volverías por aquí, por Dawnside Hill, Rose- conocía su nombre, pero él a ella no ¿O sí? ¿Quién...? -No te acuerdas de mí- sonrió el muchacho con calidez. Muchos se habrían ofendido pero él se sintió ligeramente alegre. Significaba que no le había necesitado allí donde fuera que se mudó cuando eran pequeños -Soy Jack, Jack Kane- se mantuvieron la mirada -Y no es la primera vez que te quito de encima a un acosador o abusón a base de palos- rió un poco y vio que en ese momento, la chica abría los ojos como platos.
jueves, 4 de enero de 2018
El agua caliente se desparramaba por la piel a toda velocidad. El vapor se alzaba por encima de las cortinas de la ducha, llenando el techo de una capa de agua que poco a poco, destrozaría la pintura blanca del mismo. Pero no querían parar. Las caricias, los besos, los chasquidos, los abrazos y el contacto mutuo eran demasiado placenteros como para permitirse un solo segundo sin sentirlo. La sensación era tan efímera... Que temió por se desvaneciese tan pronto. La chica pidió entre susurro que fuese a más, y aquel hombre alto y ancho la complació. Apenas supuso un esfuerzo para él alzarla y atraparla contra la fría losa de la pared para comenzar a penetrarla como ella deseaba. Una explosión de sensaciones bajo su ombligo se desataron. Casi no podía dejar de gemir, gritar y expresar cuanto le gustaba aquella sensación y cuanto le quería a él. El momento hubiese sido perfecto si hubiese podido abrir los ojos durante algunos minutos. El agua de la ducha le impedía ver con claridad, le incomodaba el peso de las gotas de agua sobre las pestañas y el escozor de unos ojos resecos que ansiaban ver. Quería verle. Quería besarle. Se agarró a su cuello con fuerza y se apegó a él. Juraría que pudo llegar a oler su aroma, incluso dentro de aquella bañera. Sus manos duras la alzaba de los muslos con una dureza que empezaba a hacer estragos voluntad de que todo fuese despacio y se alargase. Sintió que explotaba. Sintió que se liberaba, que era ella misma. -¡Rose Miller!- la llamó una voz femenina y madura desde el otro lado de la ducha, que hizo que ambos se separasen como si se hiciesen daño el uno al otro. Los habían pillado.
-¡Rose Miller! ¡¿No te da vergüenza seguir dormida a estas horas?! Estoy segura de que el resto de chicas de tu edad están haciendo algo más prometedor y productivo con su día que tú- gruñó Diana, actualmente conocida en Dawnside Hill como la ''Señora Miller''. Rose se frotó los ojos y frunció el ceño.
-¿Que hora es...?- casi no podía hablar. Le dolía la cabeza. El simple hecho de erguirse fue una ardua tarea.
-¡Las doce! ¡Es mediodía!- contestó, abriendo las cortinas de color beige y flores rosas de par en par. La luz del sol entró en la habitación al instante, iluminándola, destapando lo que era un desastre de desorden. -Vístete ahora mismo. ¡Qué vergüenza!-
-Oh, joder...- gruñó la chica.
-¡Esa lengua!-
-Anoche trasnoché demasiado. No conseguía terminar el artículo sobre la dieta preferida de las mujeres de Dawnside Hill. Me parecía tan... machista.- Al decir aquello, Diana lanzó sobre su hija una mirada acusativa, y luego, tomó el papel que había sobre la mesa en la que Rose solía trabajar. Lo leyó con prisa, con cierto ojo crítico.
-No está terminado-
-Claro que no. Te he dicho que no lo consigo-
-¡Oh Dios mío! Te van a echar del periódico. Lo sabía ¡Tu padre y yo lo sabíamos!-
-Relájate mamá. La fecha tope para entregarlo es esta tarde. Hasta esta madrugada no se añadirá al número de mañana por la mañana.-
-¡Esta tarde es dentro de...! ¿Cuanto? ¡¿Seis horas?!-
-Mamá, por favor...- bufó, arrojándose de nuevo contra las sábanas.
-Más te vale terminar ese artículo, Rose. Sería una vergüenza que no estuviese a tiempo. O aun peor, que fuese un auténtico disparate firmado bajo tu nombre y el apellido de nuestra familia.
-¿Has terminado?-
-No. Abajo tienes el desayuno. Hoy solo fruta. No te conviene engordar- Rose terminó por llevarse las manos a la cara. Estaba exasperada, a pesar de que ya era costumbre aquellas rabietas maternales en su madre, quien solía ser muy estricta con respecto a la imagen y el apellido familiar. Así era. Harold Miller se había labrado un buen nombre en la ciudad en los últimos dieciséis años. Lo suficiente como para que todo el mundo le conociese, los ingresos fuesen más que suficientes y Diana viviese preocupada constantemente en que todo eso cambiase un ápice.
A Rose le daba igual. No se quejaba de la enorme casa en la que vivía, la cantidad de pertenencias que tenía ni mucho menos de las oportunidades laborales que su apellido le brindaba. Pero todo era tan... superficial.
Se vistió con ropas sencillas pero modernas, y en vez de bajar a desayunar, se sentó sobre la silla de madera que presidía su escritorio. La máquina de escribir se hallaba a un ladeada, pues Rose la empujó la noche anterior después de un arrebato de estrés. Tomó el papel del artículo que estaba escribiendo y volvió a leerlo. No estaba mal. No quería echarse flores, pero la lectura era fácil, sencilla y concisa. El contenido era claro y objetivo. Lo que fallaba era... el tema. Rendida, volvió a colocar el papel sobre la máquina de escribir y pulsó las letras con una rapidez pasmosa. En diez minutos, el artículo estuvo terminado.
Cuando bajó a desayunar, se encontró con que la fruta seleccionada por Diana al menos era su preferida. A Rose le encantaban los aguacates. Y sí, era una de las frutas que mas engordaba, pero eso no quitaba que sus propiedades, sobretodo sus grasas, fuesen de las más saludables que podía tomar. Echó en falta un pedazo de pan tostado sobre el que comerlo, pero no tenía ganas de porfiar de nuevo con su madre, quien se hallaba hablando por teléfono en mitad del pasillo. Harlod, su padre, no estaba, como era costumbre. Su trabajo le impedía pasar demasiado tiempo en casa. Rose no sabía como su madre podía haber soportado aquellos cambios en su marido, pero prefería no preguntar.
Se percató tras comer, de que sobre la encimera circular del centro de la cocina, alguien se había dejado un número del Sound of Hill de hacía ya dos días. Seguramente estaba ahí porque su madre se había releído su columna de opinión, con un artículo llamado ''Vaqueros de talle alto''. Sin embargo, lo que llamó la atención a Rose fue la portada. Rick Himan se había encargado del titular y el cuerpo de la primera página, como siempre. Y no era para menos. Habían hallado el cadáver de un chico adolescente en mitad de una cuneta. Los forenses habían dicho que la muerte había sido una sobredosis de droga. Todos se habían preguntado esos días como era posible que a un chico tan joven y prometedor como parecía haber sido, estaba enganchado a las drogas. Yo me preguntaba, sin embargo, cómo y de qué manera las había conseguido con esa edad. Que había tráfico de drogas en la ciudad se sabía, pero ¿Estaba aumentando? ¿Se estaba permitiendo formar parte a los menores? ¿Suponía un peligro real para la población? Demasiadas preguntas sin contestar que nadie se atrevía a formular, o más bien, las que nadie podía formular porque no se lo permitían. Rose se levantó de la silla, dejando el periódico donde estaba. Tomó su abrigo y su bolso y se marchó. No se había peinado. Hacía un mes había escrito que ya no estaba de moda hacerlo.
Aquel trabajo era extraoficial. Lo sabía.
A aquellas horas tan tempranas, en las que el sol iluminaba cada tejado de Dawnside Hill de forma que los hacía brillar como una estrella. Con suerte, su madre estaría tan ocupada que no la echaría en falta, y en Set, el bar con peor reputación de toda la ciudad, apenas habría gente que estropeara sus planes. Tenía todas las de ganar con ella. Tenía en sus manos lo que podría ser, de una buena vez, su primer titular de noticia y no un simple artículo de sociedad o de opinión en su aburrida y sosa columna. ¡Podría tener un ascenso! Sólo de imaginarse las posibilidades, aceleró el paso durante los largos minutos que la llevaron hasta aquel antro casi sin darse cuenta. Fuera del mismo, había varias motos oscuras aparcadas. Sin motivo alguno más que el de documentarse, Rose sacó su cámara instantánea del bolso y sacó un par de fotos, tanto al local como a los vehículos. Después, tomó aire y entró. ¿Qué podía salir mal? Estaba llena de esperanza.
-¡Rose Miller! ¡¿No te da vergüenza seguir dormida a estas horas?! Estoy segura de que el resto de chicas de tu edad están haciendo algo más prometedor y productivo con su día que tú- gruñó Diana, actualmente conocida en Dawnside Hill como la ''Señora Miller''. Rose se frotó los ojos y frunció el ceño.
-¿Que hora es...?- casi no podía hablar. Le dolía la cabeza. El simple hecho de erguirse fue una ardua tarea.
-¡Las doce! ¡Es mediodía!- contestó, abriendo las cortinas de color beige y flores rosas de par en par. La luz del sol entró en la habitación al instante, iluminándola, destapando lo que era un desastre de desorden. -Vístete ahora mismo. ¡Qué vergüenza!-
-Oh, joder...- gruñó la chica.
-¡Esa lengua!-
-Anoche trasnoché demasiado. No conseguía terminar el artículo sobre la dieta preferida de las mujeres de Dawnside Hill. Me parecía tan... machista.- Al decir aquello, Diana lanzó sobre su hija una mirada acusativa, y luego, tomó el papel que había sobre la mesa en la que Rose solía trabajar. Lo leyó con prisa, con cierto ojo crítico.
-No está terminado-
-Claro que no. Te he dicho que no lo consigo-
-¡Oh Dios mío! Te van a echar del periódico. Lo sabía ¡Tu padre y yo lo sabíamos!-
-Relájate mamá. La fecha tope para entregarlo es esta tarde. Hasta esta madrugada no se añadirá al número de mañana por la mañana.-
-¡Esta tarde es dentro de...! ¿Cuanto? ¡¿Seis horas?!-
-Mamá, por favor...- bufó, arrojándose de nuevo contra las sábanas.
-Más te vale terminar ese artículo, Rose. Sería una vergüenza que no estuviese a tiempo. O aun peor, que fuese un auténtico disparate firmado bajo tu nombre y el apellido de nuestra familia.
-¿Has terminado?-
-No. Abajo tienes el desayuno. Hoy solo fruta. No te conviene engordar- Rose terminó por llevarse las manos a la cara. Estaba exasperada, a pesar de que ya era costumbre aquellas rabietas maternales en su madre, quien solía ser muy estricta con respecto a la imagen y el apellido familiar. Así era. Harold Miller se había labrado un buen nombre en la ciudad en los últimos dieciséis años. Lo suficiente como para que todo el mundo le conociese, los ingresos fuesen más que suficientes y Diana viviese preocupada constantemente en que todo eso cambiase un ápice.
A Rose le daba igual. No se quejaba de la enorme casa en la que vivía, la cantidad de pertenencias que tenía ni mucho menos de las oportunidades laborales que su apellido le brindaba. Pero todo era tan... superficial.
Se vistió con ropas sencillas pero modernas, y en vez de bajar a desayunar, se sentó sobre la silla de madera que presidía su escritorio. La máquina de escribir se hallaba a un ladeada, pues Rose la empujó la noche anterior después de un arrebato de estrés. Tomó el papel del artículo que estaba escribiendo y volvió a leerlo. No estaba mal. No quería echarse flores, pero la lectura era fácil, sencilla y concisa. El contenido era claro y objetivo. Lo que fallaba era... el tema. Rendida, volvió a colocar el papel sobre la máquina de escribir y pulsó las letras con una rapidez pasmosa. En diez minutos, el artículo estuvo terminado.
Cuando bajó a desayunar, se encontró con que la fruta seleccionada por Diana al menos era su preferida. A Rose le encantaban los aguacates. Y sí, era una de las frutas que mas engordaba, pero eso no quitaba que sus propiedades, sobretodo sus grasas, fuesen de las más saludables que podía tomar. Echó en falta un pedazo de pan tostado sobre el que comerlo, pero no tenía ganas de porfiar de nuevo con su madre, quien se hallaba hablando por teléfono en mitad del pasillo. Harlod, su padre, no estaba, como era costumbre. Su trabajo le impedía pasar demasiado tiempo en casa. Rose no sabía como su madre podía haber soportado aquellos cambios en su marido, pero prefería no preguntar.
Se percató tras comer, de que sobre la encimera circular del centro de la cocina, alguien se había dejado un número del Sound of Hill de hacía ya dos días. Seguramente estaba ahí porque su madre se había releído su columna de opinión, con un artículo llamado ''Vaqueros de talle alto''. Sin embargo, lo que llamó la atención a Rose fue la portada. Rick Himan se había encargado del titular y el cuerpo de la primera página, como siempre. Y no era para menos. Habían hallado el cadáver de un chico adolescente en mitad de una cuneta. Los forenses habían dicho que la muerte había sido una sobredosis de droga. Todos se habían preguntado esos días como era posible que a un chico tan joven y prometedor como parecía haber sido, estaba enganchado a las drogas. Yo me preguntaba, sin embargo, cómo y de qué manera las había conseguido con esa edad. Que había tráfico de drogas en la ciudad se sabía, pero ¿Estaba aumentando? ¿Se estaba permitiendo formar parte a los menores? ¿Suponía un peligro real para la población? Demasiadas preguntas sin contestar que nadie se atrevía a formular, o más bien, las que nadie podía formular porque no se lo permitían. Rose se levantó de la silla, dejando el periódico donde estaba. Tomó su abrigo y su bolso y se marchó. No se había peinado. Hacía un mes había escrito que ya no estaba de moda hacerlo.
Aquel trabajo era extraoficial. Lo sabía.
A aquellas horas tan tempranas, en las que el sol iluminaba cada tejado de Dawnside Hill de forma que los hacía brillar como una estrella. Con suerte, su madre estaría tan ocupada que no la echaría en falta, y en Set, el bar con peor reputación de toda la ciudad, apenas habría gente que estropeara sus planes. Tenía todas las de ganar con ella. Tenía en sus manos lo que podría ser, de una buena vez, su primer titular de noticia y no un simple artículo de sociedad o de opinión en su aburrida y sosa columna. ¡Podría tener un ascenso! Sólo de imaginarse las posibilidades, aceleró el paso durante los largos minutos que la llevaron hasta aquel antro casi sin darse cuenta. Fuera del mismo, había varias motos oscuras aparcadas. Sin motivo alguno más que el de documentarse, Rose sacó su cámara instantánea del bolso y sacó un par de fotos, tanto al local como a los vehículos. Después, tomó aire y entró. ¿Qué podía salir mal? Estaba llena de esperanza.
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