jueves, 4 de enero de 2018

Dawnside Hill

3:15 de la madrugada

Hace 16 años... 

Eran unas horas en la noche en la que todo el mundo, o casi toda la gente al menos, estaba durmiendo. En concreto, aquella noche nadie miró al cielo más de la cuenta, y si lo hubiesen hecho, seguramente nadie creería lo que hubiesen podido contar. Llovía, aquella noche había una terrible tormenta. El viento aullaba con fuerza, las gotas crepitaban contra los cristales de los ventanales, contra la hierba, los árboles, las aceras y las carreteras. De vez en cuando, incluso se oía alguna que otra tormenta, relámpagos, fogonazos de luz en el cielo que iluminaban por unos instantes hasta los lugares más oscuros de las calles de la pequeña ciudad de Dawnside Hill. De lo que nadie se percató no fue precisamente de aquella tormenta casi rutinaria, sino del efecto meteorológico tan extraño que ocurría en la misma. Como un gigantesco ojo que observaba la ciudad, un remolino de nubes se estaba formando precisamente a esas horas de la noche. El más ingenuo elucubraría sobre un huracán, salvo que no era precisamente la formación que anunciaba un torbellino desde los cielos. Las nubes giraban en espiral, sí, pero hacia dentro de sí mismas, hacia las profundidades del cielo, quedando así como una mirada oscura, tenebrosa, sobre la ciudad. Fue entonces cuando tronó algo distinto a un relámpago. Fue cuando el cielo lo surcó una suerte de estrella fugaz, o un pequeño meteoro. La bola de fuego cruzó los nubosos cielos durante unos momentos y después se apagó, efímera, miníscula. No hubo mirada atenta ante aquel extraño fenómeno que vino de la tormenta, pero ojalá la hubiese habido. Pues era una señal, un aviso, una advertencia, de que la linea que separaba al hombre de dios se estaba volviendo demasiado delgada, al punto de que comenzaba a diluirse...

Dawnside Hill

8:08 de la mañana

En la actualidad

Le crispaba los nervios el constante jadeo de la chica en su oido, sus gemidos cálidos, apasionados, y sus manos jugando en su espalda, sus dedos clavándose en sus músculos y huesos. Lo que realmente le enervaba era que ella no le dejaba mirarle la cara, por alguna razón. Simplemente reía, traviesa y pícara, mordiéndole la oreja al muchacho, lamiéndole y besándole el cuello, mientras le gemía en el oido y le susurraba palabras picantes, groseras y calientes. Simplemente se ofrecía, su esclava sexual, todo cuanto él deseara, menos verle la cara. Y lo que él deseaba era precisamente eso. Sin embargo el placer era demasiado intenso, demasiado hechizante. Penetrar en su cuerpo era una sensación mágica, electrizante. Le sacudía cada músculo de las piernas cada vez que la embestía, cada vez que ella se le aferraba. El pulso se le estaba acelerando hasta niveles que Jack creía poco sanos. Trató, en mitad de aquel acto tan hirviente y del delirio, alzarse sobre el cuerpo tendido de ella y observarla cuan hermosa era, pero en cuanto lo hizo la juguetona contendiente se volvió, dándole la espalda, apoyándose sobre las rodillsa y las manos en el colchón. Levantó la cabeza hacia atrás para dejar sus castaños cabellos caer sobre su espalda ligeramente arqueada y apegó sus nalgas al miembro del muchacho, endurecido, rozándolo, jugando con él -Vamos... déjame besarte- suplico jadeante el muchacho, acariciándole los cabellos mientras ella negaba con la cabeza, gimiendo, mientras de nuevo Jack se abría paso entre la intimidad de la joven entrando de nuevo en ella con extrema suavidad en cuanto al tacto, pero con firmeza. Ella no estaba por la labor de obedecer a nada, al menos nada que no fuese un acto de placer. No habría besos, masculló, hasta que le diera todo cuanto podía darle. Los besos serían para después -Venga...- gruñó él, enredando su mano en los cabellos de la chica, agarrándolos -Vamos...- no, dijo ella simplemente, alzando el volumen de sus gemidos mientras se movía despacio para aumentar el impacto de las penetraciones del muchacho. Ante sus provocaciones, el hombre terminó por sucumbir. Agarrándola firmemente del cabello mientras que con su mano libre agarraba la parte baja de las nalgas y la separaba ligeramente para abrir un mayor hueco en los labios íntimos de la chica, continuó con sus embites, furibundos, apasionados. El restallar de la carne con la carne era provocador, evocador, atrapante, así como el placer, que los elevaba a ambos hasta un cielo que supuestamente debía existir. Ella trató de levantarse un poco más, gimiendo el nombre del hombre que la estaba poseyendo. Jack soltó su cabello y por mero instinto pasional aferró uno de sus pechos, apretándo con pasión, sintiendo su suavidad a la par que la ligera tensión de los músculos erectos. Era casi el momento, estaría a su alcance. Deseaba besarla, mirarle a los ojos por un instante. Pero entonces tanto ella como él se tensaron demasiado. El climax explotó en ambos como una guerra salvaje. Se apretaron el uno con el otro y el muchacho no podía detenerse, no podía parar de hacerle el amor de forma salvaje mientras se derramaba en ella mientras ella lo hacía en él. En ese momento la oía gemir con fuerza, a la par que le pareció oir un susurro. Ella le llamó por su nombre sumida en el placer... y cuando giró la cara por fin para mirarle, su rostro, simplemente, era un enorme abismo negro, sin rasgo, simplemente una máscara de completa oscuridad.

-Jack- el muchacho despertó ligeramente exaltado al oir aquella voz femenina, aunque más infantil que aquella que había estado jadeándole y gimiéndole en el oido. Era su hermana. Al mirar a su alrededor pudo ver su habitación. Las paredes eran de madera oscura. Algún que otro poster grupos musicales colgaban de las paredes y una bandera con una serpiente con alas envolviendo una calavera quebrada colgaba del techo. Jack se incorporó ligeramente en la cama. Vestía una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de chandal negro. Miraba extrañado a todas direcciones, como si no recordara dónde estaba exactamente -Jaaack- le agitó su hermana, zarandeándolo
-¿Qué...? ¿Qué?- dijo, volviendo en sí, mirándola
-Estabas hablando en sueños- dijo la chica, de unos 12 años. Digna hermana de Jack, ya estaba preparada para ir al colegio ataviada con unas ropas de estilo rockero y un pañuelo atado en la cabeza. Ella, como su madre, había salido pelirroja -No sé que clase de guarrería estarías soñando pero...- bajó ligeramente la mirada hacia al cintura de su hermano. Jack se percató y automáticamente se tapó con la sábana
-Niña... deberías fijarte en otras cosas- gruñó Jack
-Más quisiera, pero voy a llegar tarde y cuando vengo a buscarte lo que me encuentro es que estás remoloneando, mascullando sabe Dios qué y con... eso... puag- agitó la cabeza asqueada
-¿Has desayunado?- la jovencita asintió -Ve a por el casco entonces... me visto en un momento- obediente, se marchó, dejando a Jack solo en su habitación. El hombre se cambió rápidamente por unos vaqueros, una camiseta roja y su chaqueta de cuero. Salió de la habitación y fue en busca de su hermana. La chica ya estaba esperándole fuera, junto a la moto y los dos cascos
-El día que pueda conducir yo, será un milagro- se quejó, bufando -No tendré que cuidar más de ti- añadió sarcástica
-Eres demasiado pedante para lo que te conviene, Amy- refunfuñó Jack tomando el casco y poniéndoselo. Mientras arrancaba la moto, Amy se subió tras él con su casco puesto y se agarró a su hermano, riéndose
-No puedo hacer otra cosa. Mamá no está y sólo podemos contar el uno con el otro- suspiró -Pese a todo me gusta que seas un desastre, hermano-
-¿Por qué?- se cuestionó Jack haciendo rugir el motor de la moto
-Me hace sentir menos sola- dijo simplemente -Si fueras un don perfecto, no te sentiría tan cerca- aquello hizo sonreir a Jack, aunque el casco no permitió que eso se viera.

Al cabo de un rato por fin dejó a su hermana en el colegio. Afortunadamente no llegó tarde y por eso el muchacho se sentía algo reconfortado consigo mismo. Permaneció fuera, sentado en la moto, mientras la veía entrar en el colegio. Sola. Siempre sola. Se recordó un poco a sí mismo cuando tenía su edad. Había algo en su familia, pensaba, en sus genes quizá, que espantaba a los demás. Tal vez era la herencia de su padre. Armand Kane, así se llamaba aquel gilipollas. Era un borracho, drogadicto, criminal y muy dado a la violencia física, verbal y sexual. Su madre, Holly Darrow, se enamoró de él sabía Dios por qué. Armand siempre se mostró como un tipo afable ante la gente, pero en el silencio, en la oscuridad, era un monstruo. Durante la infancia de Jack siempre tuvo hábitos hostiles hacia su madre, aunque a él lo trataba de forma diferente. Quería, o eso siempre decía, que Jack siguiese sus pasos. El maldito bastardo casi lo consiguió. Ahí estaba, en una moto como la de su padre, con el mismo gusto musical, la misma forma de vestir... Era lo que Jack había aprendido desde que tenía conciencia, pero se consolaba meditando que no sólo su maldito padre, sino su madre, Holly, era también así. Trataba de autoconvencerse de que era su madre quien le hacía ser quien era, igual que a Amy. Jack lo consideraba así debido a que no tenía el temperamento ni la forma de pensar de su padre. Jamás pondría la mano encima a una mujer y menos si algún día se enamoraba. No buscaba la violencia gratuita, ni disfrutaba causando dolor, aunque fuese necesario hacerlo. Armand sí, disfrutaba con todo aquello. Estaba rodeado por un aura antisocial, irascible, peligrosa. Era una alarma de peligro andante. Nadie se consideraba su amigo, ni su socio, ni su compañero. Holly hacía tiempo que dejó de quererle cuando Jack era pequeño, pero le podía el miedo a huir y ser víctima de algo peor que una bofetada. Armand tenía armas en casa y ello hacía temblar cada parte del alma de una madre que quería proteger a su hijo. Fue la llegada de Amy, sin embargo, lo que cambió las corrientes de las aguas de la vida. Jack ya era mayor cuando su hermana vino al mundo, pero su madre le impedía actuar contra su padre, a pesar de que llegaban noticias horribles a oido de los Kane. Alguna que otra joven decía haber sido acosada sexualmente por cierto tipo con pintas similares a Armand y éste, a su vez, solía salir de noche más de la cuenta y llegaban a pasar días sin regresar. Cuando Amy cumplió los 8, el vaso se colmó por completo cuando Jack y Holly regresaron de hacer unas compras de última hora. Oyeron a la niña gritar desde fuera. Cuando entraron en la casa Armand la tenía en la habitación, semi desnuda, gritándole que era su padre y que podía hacer con ella cuanto quisiera, que le pertenecía. Que si volvía a resistirse, si volvía a pegarle, la mataría. A ella, a Holly y a Jack. A partir de ahí todo sucedió muy deprisa y Jack lo recordaba neblinoso y difuso. Gritos desquiciados de su madre. Llanto quebrado de Amy. Su cabeza latiéndole de forma dolorosa. Sus nudillos blancos de apretar los puños. Un disparo... y la sangre. Desde entonces Holly ha estado en prisión por asesinato. Tomó la escopeta recortada de Armand y le vació dos cartuchos en la cabeza. Todo ante la aterrada visión de Amy. Jack aún no comprendía cómo se mantenía tan estable y con ganas de vivir. Esperaba que le quedaría un trauma de por vida y sin embargo sólo la hizo madurar. Se volvió dura, como su madre. Fría ante la adversidad, como su madre. Y sus cabellos de fuego, como los de Holly... Era común que los hermanos pequeños se enorgullecieran y admiraran a sus hermanos mayores, pero en esa ocasión, era Jack quien admiraba a Amy como la mayor heroina que había conocido jamás.

-Su compra, señora Thomson- Jack prosiguió con su rutina diaria. La señora Thomson era una anciana de la calle Derri, que en su día, había ayudado mucho a su madre. Era amable, cariñosa y cálida. Llevaba unos años viviendo sola en viudedad y desde la encarcelación de Holly, Jack se había ocupado de ayudarla de vez en cuando
-Siempre tan eficiente, qué buen muchacho ¡Qué buen muchacho!- rió la señora -Toma, por las molestias- le tendió unos dólares
-No es necesario, señora- sonrió Jack, afable, de vuelta
-Ah, hijo, siempre con tus modales, tu humildad y tu sonrisa triste. Siempre, siempre esa sonrisa triste...- le tomó la mano y le puso los billetes en ella -Es poco hijo, lo poco que puedo darte... y muchísimo menos de lo que tú y tu hermana merecéis. Haz el favor de aceptarlo. Ayudé a tu madre y te ayudaré a ti y a Amy mientras viva- Jack no pudo rechazarlo -Y hazme otro favor también- la anciana le dio unas palmaditas en la mano -Eres lo único que le queda a esa niña. No suenes tan apagado, y trata de que tus sonrisas sean más cálidas. No seas el fantasma de lo que fuiste en tu infancia, hijo- aquellas palabras se quedaron con Jack el resto del día, al menos de la mañana. Tras ocuparse de ayudar a la señora Thomson se dirigió al centro comercial Buddy Buy e hizo unas compras sencillas con el dinero que la mujer le ofreció y regresó a casa. Mayormente fueron cosas para Amy: cacao para el desayuno, cereales, unos filetes congelados... El teléfono sonó entonces, dejando a Jack con las compras a medio guardar. Acudió a paso calmado para descolgar y llevarse el auricular al oido mientras se encendía un cigarro.
-Quién es- preguntó desganado, exhalando el humo
-Jackie, soy yo- dijo la voz grave de Walter, de la banda. Jack frunció el ceño
-¿Qué pasa?-
-Hay un trabajo- Jack miró la hora
-Tengo que recoger a mi hermana. Ahora no puedo-
-Aún quedan un par de horas. No seas quejica- gruñó Walter al otro lado de la línea -¿No quieres la pasta?-
-...Claro que sí- tardó Jack en contestar, exhalando de nuevo el humo
-Cojonudo. Es sólo un intercambio. Nos vemos en Set- colgó, sin añadir nada más. Set, el bar donde solía congregarse toda clase de amantes del rock, el metal, las motos... pero también el alcohol y drogas que se pasaban de contrabando y en clandestinidad. Un lugar en el que Jack jamás querría a su hermana ni a ningún ser querido, pero un lugar donde podía sacar un dinero fácil sin causar demasiados estragos. Cuando colgó el teléfono, se maldijo a sí mismo en silencio, cogiendo el casco y las llaves de la moto. No pretendía ser el fantasma de sí mismo, de lo que fue. Pero las circunstancias le obligaban a ser parte del fantasma de su padre.

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